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NO ME LLAMES DOLORES LLÁMAME LOLA, O SIMPLEMENTE NO ME LLAMES NADA


Vamos a estrenar año, se me hace raro que esto haya arrancado ya, en medio de cientos de comilonas, kilos que se acumulan y propósitos que se repiten incesantemente para acabar en el mismo rincón de la falta de voluntad. Realmente somos altamente predecibles.

Antes de que acabara el año una de las chicas apareció por el pasillo con un traje de luces gritando para felicitarme la Navidad, me pareció que era muy feliz, aunque las ideas que nos hacemos de las cosas puedan estar altamente equivocadas.

Unos días después vino a la consulta a explicarme una pequeña historia de enfados y de etiquetas, no sabéis cuánto rechazo las etiquetas, sin embargo las necesitamos para justificarnos y dar una explicación aceptable a lo que somos. Había discutido con su pareja por algo tan estúpido como quedarse dormido mientras veían una de sus películas favoritas, le parecía muy injusto que él hubiera sido capaz de romper de esa manera “tan desastrosa” un momento tan especial: los dos bajo la manta, compartiendo una historia irreal y de repente, él había desconectado totalmente del momento.

La discusión que a veces nos hace dramatizar hasta extremos insospechados, la había llevado a una petición de divorcio y una pérdida total de papeles. Pero lejos de ver ese comportamiento infantil en el que nuestros actos se rigen por: “quiero esto, lo quiero ya y si no me lo das berreo”,  se justificó en la explicación que le había dado él: su trastorno de personalidad, seguramente un psicólogo o psiquiatra experto le había dado la correspondiente etiqueta que a partir de ese momento le había licitado para justificar cualquier acto absurdo. Yo no tenía ningún diagnóstico en mi historial pero también podía recordar algún momento en que presa del dramatismo me había dejado llevar a extremos insospechados y me había montado en el burro incapaz de aceptar que estaba siendo irracional. 


Tal vez no es el papel que me corresponde pero la regañé por etiquetar las cosas, por darles nombres que no eran, por ponerse límites a ella misma, por no intentar ser diferente y ser más feliz, porqué ahora el diagnóstico lo era todo, el motor de su mini mundo y las categorías me llevaron a las identidades tan complejas que no se sustentan por una sola etiqueta. 

Comentarios

La Chica del Té ha dicho que…
Pues si, el principal problema de las etiquetas es que nos las creemos, las esgrimimos como bandera y también como escudo, y dejamos que construyan nuestra identidad. Hay que ser muy fuerte para no dejarse influir por ellas, sobre todo por las que nos autoimponemos.
En fin... supongo que es el doble filo de los diagnósticos (sobre todo los que tienen que ver con la mente), que ayudan a tratar de una manera más concreta al paciente y facilitan la vida del profesional, pero muchas veces el diagnóstico se apodera de la persona, que lo quiere llevar consigo para siempre.
PENSADORA ha dicho que…
Pues hiciste bien! las etiquetas como esa sobran y, sinceramente, los "arranques de la hormona" también sobran... que hay que ser un poco cuerdas y tener la humildad de aceptar nuestros ataques descontrolados como lo que son.

Ahora bien, a lo mejor una revienta en el peor momento y por la razón más tonta con alguna razón mayor que se había quedado en el tintero... nunca se sabe.

¡¡Salud y feliz año, nena!!
Rebeca ha dicho que…
CHICA DEL TÉ, qué rápido sabes resumir lo que a mí me cuesta expresar y ordenar, exactamente quería decir eso, que los diagnósticos no son 100% buenos.

PENSADORA eso es verdad, a veces pequeñas cosas ocultan grandes heridillas que arrastramos y que somos incapaces de olvidar y que son capaces de salir con una excusa ante esas pequeñas cosas. Igualmente, feliz 2017.

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