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DONDE SOLÍAMOS GRITAR



Desde que mi tía murió pienso mucho en ella, sé que le hubiera encantado estar en mi boda, que me hubiera organizado la ceremonia y yo a regañadientes hubiera tenido que aceptar porque era mi madrina. Desde que no está,  pienso en lo dramática que es la muerte, no porque me aterre si no porque arrebata las cosas  cuando más confiada está una de que, esas mismas cosas,  no van a cambiar.

La enfermedad se ha convertido en una constante en los últimos años en mi familia y todas ligadas con el cáncer, y eso me ha creado la idea que si un día ellimón me toca a mí, no voy a querer hacer ningún tratamiento si se trata de una medida paliativa, que enfrentaré los días lo mejor que pueda y luego se acabó.

Mi padre ya lo tiene claro, se ha pasado más de un mes ingresado en un hospital por culpa de uno de esos tratamientos que casi lo matan  por la aparición de una complicación de tipo infeccioso. Si no hubiera sido fuerte creo que el desenlace hubiera sido totalmente distinto. Y ahora me mira a los ojos y me dice que no está dispuesto a más tratamientos, y yo qué le digo, yo no le digo nada, sólo que descontamos segundos juntos.

La doctorcita (otro día hablaré de ella con más calma) y yo atravesamos el campo buscando una casa que no encontramos donde vamos a ver a uno de nuestros pacientes. Es mediodía y estamos fatigadas después de tantas visitas, a lo lejos se ve una casa enorme. Yo corro con los tacones mientras las púas de los cardos se me enganchan a las piernas mientras cargo con el maletín y el material de exploración, me he quitado el pijama para salir a la calle y debo tener una pinta muy extraña.

Cuando por fin alcanzamos la casa, hacemos sonar el timbre que con un sonido ronco parece romper la quietud de esa casa en medio del campo. Doctorcita refunfuña y yo repaso mentalmente que debemos conocer de la paciente.

Una mujer mayor encorvada se acerca a la verja y nos sonríe, abraza a Doctorcita porque ya hace tiempo que se conocen, a mí no me ponía cara, las enfermeras somos bastante invisibles para la sociedad, le sonrió y deja que pasemos a sentarnos en su salón recargado de fotos.

Repasamos su historia, una infección reciente con un ingreso y una sorpresa en forma de patata en uno de los pechos que ya tiene metástasis. La mujer ni se inmuta, al revés, deja soltar una risilla sarcástica para demostrar que está de vuelta y hacer notar que no hemos descubierto nada nuevo, ella lo sabía hace tiempo y entonces se sincera, sabe de años que el tumor está allí pero ha guardado fieramente su secreto para no molestar y para que no la molesten, si no la hubieran ingresado nadie lo hubiera descubierto,  el tumor es suyo y ha decidido que no quiere hacer nada, sólo que la mate lentamente, considera que ha vivido lo suficiente y que le ha llegado la oportunidad de no ser una carga, ella ya ha puesto sus propios remedios para calmar el dolor y nosotras, nosotras, no tenemos absolutamente nada que decir.


Salimos de la casa y vuelvo a correr a través del campo, pero esta vez por otro motivo, esta vez pensando en la valentía, en la valentía que quiero para mí, en lo de acuerdo que estoy con ella, y en que ahora mismo lo único que quiero es vivir, vivir pensando en los días, no pasándolos, contándolos y descontándolos en un calendario, vivir estando viva, y vuelvo a pensar en mi tía y sé que sufrió, mucho, muchísimos y me regaño por haber querido salvarla sin que hubiera solución y quiero gritar, gritar al vacío y que toda la rabia que ahora siento salga y se pierda por el precipicio. 

Comentarios

  1. Hola REbeca. Lamento lo de tu tía. Despedir a un ser querido es doloroso y según quien sea tiene que ser muy muy doloroso. Yo no estoy preparada para ello. Ni para las enfermedades. No soy valiente pero si se que soy fuerte pero como tú, quiero vivir, vivir y vivir. Sentirse una viva es algo a lo que no hay que renunciar, y valorar la vida que tenemos. Agradecimiento.
    Leerte es un placer. Saludos.

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  2. Un abrazo sentido por tu pérdida.
    No sé si la lucha pasa por un trataniento tras otro o por la aceptación de lo inevitable en silencio, no soy capaz de optar entre ambas opciones, pero sí que lo que la enferma o el enfermo deciden es la única ley posible.

    Un beso

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  3. Gracias Claire, hace más de un año, aunque eso no impide que a veces recuerde. Creo que me pasa igual: fuerte pero no valiente.

    PILAR V. sí tal vez llegue el momento y sienta tanto miedo que quiera someterme a eso que ahora digo que no, lo importante, como dices, es que el único que puede decidir es a quien le ha tocado el limón.

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