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HELGAFELL, MORIR O VIVIR CON DIGNIDAD


El viento me cortaba la cara y las botas se hundían en un barro capaz de engullirte en pocos minutos. Miraras donde miraras sólo el paisaje parecía acompañarte serpenteando entre tierras áridas y estallando sobre el océano gélido.

Era aquí donde la vida acababa, en Helgafell. Por unos instantes un ligero miedo me recorrió. ¿Y si mi vida acabará allí también? Pocas posibilidades de que algo así sucediera, no obstante, había algo sagrado en la soledad y la naturaleza, una inexplicable sensación que te hacía sentir que nada importaba, por mucho que rodara el mundo, nada importaba, y si llegaba el fin, estaba en paz, con mis errores más numerosos que los aciertos, pero liberada de la culpa que el viento parecía arrastrar.

Según las historias islandesas, los ancianos se retiraban a este monte en sus últimos días, una forma honorable de abandonar la tierra, discretamente y con toda la conciencia de que el fin había llegado. La palabra venerable parecía describir a la perfección aquel acto de solidaridad en el que la subida al monte podía situarte más cerca del cielo.

Ahora ya no creemos en esas cosas, en mis recientes cambios a veces visito casas, voy con mi maletín de enfermera y valoro la situación, a veces me entra el pánico de pensar que la extensión de la vida está dejando mucho que desear a la calidad. Y veo cuidadoras, la mayoría son mujeres, entregadas a una causa perdida, que les resta salud y en la que no hay felicidad en ninguna de las partes. Ancianos que se sientan en un sofá y escupen en un recipiente una y otra vez mientras se ríen sin parar, ancianos que no recuerdan nada y que hacen que mis sospechas se centren en averiguar si eso les hace más felices. Ancianos a los que ciertos hijos desagradecidos les gritan por su inutilidad.

A veces me siento triste, añoro la época en la que creíamos en la naturaleza y en la experiencia de nuestros mayores, y en la que ellos jamás perdían la dignidad. 

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