miércoles 28 de octubre de 2009

ALGUNOS HOMBRES INÚTILES


Esto no es un ataque personal contra los hombres ¡para nada! ¡disfruto, me encantan, me enamoran y me derrumban los individuos del sexo contrario! Este es sólo un ataque personal contra algunos hombres inútiles.
Un hombre inútil es aquel que en lugar de crecerse contra la adversidad, gimotea y se derrumba, se queda esperando que su maravillosa esposa le solucione la vida hasta en las decisiones más simples y olvida a menudo que tiene dos manos, dos piernas y un gran cerebro para hacer esas cosillas.
Mi padre es de esos inútiles (y que conste que lo digo con todo el cariño del mundo), pero nunca ha tenido que hacer ningún esfuerzo más allá de su trabajo gracias a la devoción incansable de mi madre. Ahora que tiene pintada una “ele” enorme en la barriga desde que la semana pasada su cirujano, aficionado al punto de cruz, se decidiera a abrirlo en canal y revolverle un poco las vísceras, su punto de inutilidad ha llegado a los extremos.
“tu madre trabaja mañana ¡alguien me va a tener que curar!...ya sé, le diré que salga del trabajo a la hora del desayuno y venga a casa a curarme!” , es algo bastante común en mi padre olvidar, por ejemplo, que su hija es enfermera, “¡Ni hablar! ¡cómo vas a hacerla salir del trabajo sólo para eso, ya vendré yo y te curo!”, agacha la cabeza y se resigna.
Llega el día siguiente, entro en la casa que ha sido mi casa durante 23 años, empujo la puerta y escucho una voz agónica: “¡Aquí, arriba, corre!”. Subo las escaleras de dos en dos. Mi padre esta tumbado en su cama, con su barriga al aire (igualita a la de Homer Simpson), la faja abierta a los lados, la sábana a los pies, la mirada tristona, el cuello torcido, rígido para evitar cualquier movimiento, con cara de sufrimiento y esperando desde hace 4 horas que lo cure: “¿qué haces?” “esperarte” “¿pero por qué no has esperado a que llegara para ducharte?” “ me dije ya vendrá, ya vendrá...y aquí me he quedado (trata de darme pena y hacerme sentir culpable por la hora a la que me he presentado), encima dije que me pasaría por el bar (algo parecido al bar de Moe pero lleno de tertulianos que juegan al domino) y ahora no voy a poder ir!”. Le miro con desaprobación ¡cómo puede haberse quedado en esa postura durante 4 horas, sin moverse ni un ápice, esperando y esperando a que alguien le resolviera como siempre la papeleta! Podría haberme llamado y decirme que quería salir, podría haber tenido paciencia.
Redibujo la cicatriz como el zorro con una gasa untada de povidona yodada y lo miro y me digo por qué mi madre sigue preparándole la ropa, sirviéndole la comida, recogiendo sus desastres, haciendo sus trámites y por qué él no se da cuenta de lo consentido que está, supongo que mi cerebro responde que se trata de amor, del amor de verdad.
Es igualito a Homero con su afición insana por la comida calórica, sus pantalones a la cadera en lugar de la cintura mostrando una parte de su anatomía nada agraciada, su barriga enorme, su simpleza en ocasiones y la compañía incansable de mi madre para resolverle todos los problemas.Dicen que las mujeres siempre buscamos hombres parecidos a nuestros padres en nuestras parejas, yo digo que mi madre también me hizo un poco inútil a mí y que sería un error por mi parte. Y también me digo que la culpa es nuestra, es fácil acostumbrarse rápidamente a la comodidad y convertirse en inútil, ¿para qué molestarse si sabes que alguien se encargara siempre de facilitarte la vida? Eso sí, los hombres inútiles, dan tantas cosas por sentado, que casi siempre se olvidan de dar las gracias por la suerte que les ha tocado.

viernes 23 de octubre de 2009

LA DUCHA COMUNISTA


A pesar de la sonrisa que se me ha pintado en los labios al ver al presidente de una nación hablando de esa manera, en el fondo, sé que tiene algo de razón. Mi lado derrochador me llena de pereza cada vez que tengo que pensar en la ecología. Los problemas del mundo siempre nos parecen lejanos, como meras ideas que le dan, a los que gobiernan de que hablar, aunque las campañas basadas en el poder de los pequeños gestos están cargadas de razón.
En estos días en que mi estado de nervios ha pasado a ser un continuo revoltijo en mi estomago, he puesto el tapón en la bañera y la he cargado con tantos litros de agua como cabían, he regulado la temperatura para que esté bien templadita y he echado chorros y chorros de un jabón con aroma a lavanda, espliego y romero. Sumerjo mi cuerpo y dejo de respirar bajo el agua una y otra vez, disfruto con la espuma, y en cuanto noto que el agua se enfría vuelvo a abrir el grifo para devolverle esa temperatura cálida. Creo que he pasado más de una hora ahí, dejando que la piel se me arrugue como un garbancito y teniendo cada vez más pocas ganas de volver a la rutina y al ajetreo del mundo.
Miro a Chávez hablar indignado: “¡es que hay gente que hasta canta en el baño!”, rememoro mi recital de Rocio Durcal bajo el chorro de la ducha la semana pasada, al final podía oír ligeros golpecitos en la pared a modo de súplica. No sé que tienen las duchas pero siempre son la mar de inspiradoras a la hora de buscar el minuto de gloria que todos ansiamos.
Si Hugo me conociera seguro que me prohibía la entrada al país: “señora aquí tenemos la ducha comunista, los baños están totalmente cronometrados, tres minutos totales: uno para mojarse, otro para enjabonarse y el tercero para aclararse” “¿y qué hay de mi suavizante en el pelo? ¿el tiempo de pasarme el guante de crin? ¿untarme con el peeling corporal? ¿Hacer uso de la cuchilla? ¿la mascarilla reparadora?” “¡he dicho 3 minutos! ¡qué clase de comunismo es ese que nos lleva al desperdicio!”
Venezolanos entiendo la sequía por la que estáis pasando, pero se acabó esa alegría de las duchas cantarinas y esos momentos de pasión desbordada en el jacuzzi para los amantes, porqué sí, Chávez también se ha metido con eso, con los placeres de la gente rica, y es que uno no puede ser comunista si todos no tenemos exactamente 3 minutos para la ducha, aquí los bienes se reparten por igual.
Hago examen de conciencia y me prometo ahorrar agua, aunque la ducha de los 3 minutos me parece una apuesta un tanto arriesgada ¿qué van a hacer con los que se excedan en medio minuto? Eso sí, contratar un avión y bombardear las nubes para que caiga la ansiada lluvia y se mitigue la sed a Chávez ya no le resulta tan preocupante.

miércoles 21 de octubre de 2009

TRECE HORAS DE ESPERA


Las esperas en los hospitales se hacen eternas. Ayer me pase 13 horas sentada en una salita junto a mi madre, y dos de mis tías, hermana de mi madre y hermana de mi padre, y de rebote con mi hermano, que afilaba su ironía para ir haciendo chistes médicos que pondrían de un humor terrible a cualquiera.
El cielo empezó a llorar y yo creo que lo hizo por mí, por esas lagrimas que no me salen después de tantos días de ansiedad, y también porqué todo esto necesita una limpieza.
Descubrí que las esperas no siempre son inútiles, charla tras charla con aquellos pedacitos de mi familia recuperé parte del pasado, me acerqué un poquito más a su forma de entender su vida, ellas no entienden: la soledad, el egoísmo, el ir y venir sin rumbo de las personas de hoy en día, ellas sólo hablan de su lotería personal, de haber encontrado aquello que buscaban, aunque desde fuera parezca simple. Recordé las palabras de mi tío (marido de mi tía P), el domingo por la tarde cuando comíamos todos juntos: “si me tocara la lotería me iría viajando por cualquier parte del mundo donde fuera temporada de setas, para ir a recogerlas”, me entró la risa, pensé: “¡será freaky!”, pero luego vino a mi mente la forma en que disfrutan los días de otoño, mis padres, mis tíos, subiendo por una montaña húmeda, rebuscando a los pies de los árboles, compitiendo por el que encuentra más: rovellons, pies de cabra, fredolics...y supe que ellos sí sabían ser felices, sin tantas pretensiones, sin tantos sin sentidos como otros íbamos añadiendo a la vida.
Mi padre salió adormilado, con una mascarilla en la cara, sin vernos a pesar de los gestos que le hacíamos con insistencia. Durante años hemos estado más lejos que cerca, su hermana me decía lo mismo: “es muy bueno, pero luego tiene ese carácter que hace que no le puedas tener confianza”, y yo dije: “por eso tuvo el infarto” (porqué se lo calla todo, porqué no habla). Y a pesar de esa relación, en la que ni una sola vez nos habíamos sentado a hablar ante una mesa para contarnos que era de nuestra vida, que nos preocupaba, ahora que las cosas se torcían yo estaba allí y él confiaba en mí, y aunque él nunca habla, sé que cuando antes de la operación vio mi cara llegando justo un minuto antes de que se fuera por el ascensor, diciendo: "estamos aquí", sus nervios se calmaron y sintió que todo iría bien. Y sé que a través de mi madre, se preocupa por mí, que no entiende porqué mi vida es tan desastre, que quiere que sea feliz y que sufre cuando ve que vuelvo a tener empañados los ojos o la mueca torcida en la boca.
Mire a mi tía, hablando también de sus sentimientos: “cada uno es como es, adaptamos un rol que nos ayuda a lidiar con el problema, aunque el problema está ahí, nuestro problema de comunicación, pero después de tantos años nos es imposible cambiarlo, nos da pereza” “sí, a estas alturas uno acepta que cada uno es como es” “Perdonamos tantas cosas por ser cada uno como es...”
Miro el reloj, trece horas de mi útil espera, horas para disgregar la vida en general, tu vida, mi vida, su vida, y para saber que incluso cuando el cielo llora no estoy sola, sigo teniendo el amor más incondicional, el de mi familia.

domingo 18 de octubre de 2009

AJUSTANDO PIEZAS


He estado una semana totalmente desaparecida. La vida real tiene más exigencias a veces de las que una puede afrontar, pero bueno, poquito a poco y con calma se acelera un poco el motor y se vuelve a recuperar un ritmo correcto para ir asumiéndolo todo.
En realidad he estado ajustando piezas, caminando hacía lo predecible, confirmando mis sospechas y volviendo a convertirme por siempre y para siempre en Bridget Jones.
Rescaté la sabiduría de quererse uno mismo, y la costumbre de poner en la balanza lo bueno y lo malo, sumé momentos de felicidad con momentos de infelicidad, y sorprendentemente ganaron los segundos, así que fruncí el ceño y esta vez fue la razón la que se puso dura, no dejo emitir ni un solo latido a mi corazón y así llevó a cabo la acción tantas veces meditada.
Un año me ha servido para confirmar que Toto sí era Tonto, que huía del compromiso y que era conciente de hacerlo, que me quería pero no lo suficiente para darme aquello que yo pedía, y entre disgusto y disgusto, llanto y llanto, la perfección de nuestros encuentros quedaba diluida.
Así que en un acto cobarde, tras cuatros días de espera de alguna señal de vida, un SMS lastimoso y triste le puso el punto final a una historia que todavía late en mi interior, que todavía me hace esconder la cara en la almohada y decirle al mundo que se ha olvidado de mí, que no levanto cabeza, que tres pasos andados son cuatro de vuelta al origen.
Todavía no han aparecido las lagrimas en mis ojos, raro, yo tan sentimental como soy, será por la certeza de saber que lo he hecho bien, que alguien como yo (como tú, como todos...) se merece todo el amor del mundo.
Toto no dijo nada, y entonces mi corazón se puso en pie, le llamó, le dejo mensajes en el buzón, más SMS y pensé que uno no puede hacer las cosas e inmediatamente arrepentirse ¿me estaría volviendo loca? Supongo que mi acto de rebeldía pretendía ser un ultimátum más que una confirmación, esperaba que él viniera hacía mí como en las historias televisivas y me dijera: “tienes toda la razón del mundo, he sido un necio, tonto, sordo, mudo y en realidad te quiero y no quiero perderte”. Pero los dos nos hemos perdido.
Y yo que sigo inundada de amor, le insisto, le digo que le quiero, que acepto sus reglas, que nada de expectativas, que sólo ser felices, ahora, en el momento (ese cuento chino tantas veces dicho y tan pocas aplicado), y ¿sabes qué dice él? Que nada de disculpas, que tengo razón, que yo me merecía más compromiso, que pensemos y que el tiempo, sólo el tiempo y la razón y el corazón nos colocarán a cada uno en su sitio.
Triste estoy, aunque creo haberle dado la última vuelta a la tuerca, hay veces que ya no se puede llegar más lejos, una vez agotas tus recursos, gastas tus esfuerzos, sólo puedes confiar en el destino, en que te guiñe ese ojo traicionero y te diga: “ahora se cumplirán tus deseos” y si no es así, uno se vuelve a mirar en su interior, escudriña y trata de volver a ser fuerte y de no perder ni un segundo porqué tiene que volver a sobrevivir aunque no esté preparado para ello.

viernes 9 de octubre de 2009

CORAZONADAS


Ya no me fío más de mis corazonadas ¡nunca aciertan! Siempre pensando en la visualización y todas esas cosas y al final a saber por qué acabo desviada a la izquierda en lugar de la derecha.
Estuve dando largos paseos por las playas de Sitges haciendo tiempo para que empezara la película del festival.
Es extraño, pero siempre que regresas a un sitio parece que vuelves a descubrirlo, o al menos en mi caso la lluvia de recuerdos me dejo satisfecha y encima creé, por mi propia iniciativa, uno nuevo al lado de cada esquina que recorría. Ahora pensaba en mí escalando entre las rocas con unos zapatos de tacón y unos tejanos ceñidos que me hacían aguantar la respiración, tratando de cazar un cangrejo aún a riesgo de caerme y golpearme en la cabeza, mientras la iglesia que siempre saluda al mar se mantenía erguida y distante soportando el espectáculo.
La gente pasaba entretenida con lo suyo: motos acuáticas dejando estelas, yates de lujo, casitas adosadas rodeadas de maleza, caras rellenas y satisfecha, que hicieron despertar mi envidia.
“¡Ojalá todos los domingos fueran así: levantarse tarde, pasear con un sol radiante, comer al aire libre, poder estar cerquita del mar...¡ays!” y entonces pensé en la forma rápida de hacer dinero y la vi allí quieta, con sus gafas oscuras y me acerqué corriendo: “ deme un cupón ¡no! ¡quiero el cuponazo! ¡Un 9!” “sólo queda el 1 y el 2” “uff, pues el dos” froté el billete y me lo metí en el bolsillo, convencida de que aquella noche seríamos ricos.
Y mientras ese fantástico momentos en que mi corazonada se cumplía llegaba, dejé que pasara el día, uno de los mejores de mi vida porqué aproveché hasta el último segundo, y ya cuando a las once de la noche desencaminaba un camino tantas veces recorrido en el día acompañada de una luna llena enorme y comiéndome un helado de chocolate con trocitos de Brownie que me habían regalado, volví a pensar en porqué quería ser rica.
Y por una vez, yo que nunca estoy atenta a los sorteos, al volver a casa escuché esto en la radio: “El número premiado del sorteo de hoy de la ONCE ha sido el: ...,....,.....,...., 8”. Rompí el billete en mil pedazos, esta claro que mi corazonadas había sido falsa, pero en el fondo no me importaba tanto no ser rica, tal vez, no nos había tocado porqué sólo yo había tenido fe, o tal vez porqué simplemente no me toca serlo en esta vida, a pesar de todo me quedo con lo dulce del día y con esa esperanza que una vez me hizo pensar que podría tener una historia distinta, por suerte las oportunidades se siguen presentando cada día: “Deme otro cupón, por favor”.
p.s.: ¡cómo entiendo a los de Madrid!

martes 6 de octubre de 2009

VIVIR INCOMPLETO


Ya he conocido unas cuantas personas maravillosas, no personalmente, pero si de oídas y me quedo con lo que han dicho porqué han conseguido revolverme algo dentro, algo que a veces se me olvida que existe, y ahora me siento culpable, culpable de tener esa misma opción que ellos tienen y aún así no ser tan maravillosa.
No siempre podemos elegir, a veces, hay cosas que nos vienen dadas que debemos aceptar aunque impliquen una lacra para toda la vida.
Había una chica una vez con un tumor en la cara, un tumor que con el paso de los años fue creciendo y creciendo, invadió su nariz, su cara y su rostro quedó tan difuminado y deformado que los otros niños del colegio, impulsados por esa crueldad sin limites que a ciertas edades nos hace incapaces de ponernos en el lugar del otro, no paraban de reírse de ella. Sin embargo, ella no se rindió, una exéresis la dejo sin boca, sin nariz y empezó a usar una máscara como el fantasma de la opera, luego vinieron las 40 operaciones que reconstruirían su cara, una cara que por siempre va a quedar lejos de lo normal y aún así para ella, que estaba tan adentro de su horror, valía la pena.
Había también un hombre que se quedó sin brazos (las circunstancias ahora dan igual) el caso es que ya no podía abrazar, ya no podía decir todas esas cosas que dicen nuestras manos, y estaba triste, y más triste estaban sus hijos que lo veían lejos e incompleto.
Surgió el hombre milagro y le dio unos brazos, unos brazos que habían sido de otro, pero que le devolvieron la ilusión porqué volvió a hacer gestos tan tontos e importantes sólo para el que ha dejado de hacerlos como coger un vaso, y abrazó y abrazó y lloró y lloró y tocó y tocó y con cada fibra que volvió a sentir le inundo la alegría.
El hombre milagro dijo estas palabras: “estamos aquí para ayudar a los que no pueden elegir y a la vez devolver a aquello que nos ha sido dado”. Dios se olvidó de adjuntar el ticket de compra para poder hacer nuestras devoluciones antes de los quince días, pero al Dr Cavadas (al que yo he decidido llamarle hombre milagro) se le ocurrió una solución para los desesperados y empezó a hablar de: transplantes de caras, transplantes de brazos... Y dejando a un lado los debates éticos, me quedé con esté planteamiento: sólo el que lo vive en su propia carne puede tener poder de decisión, el resto somos meros espectadores, siempre es el torero el que está en el ruedo.


viernes 2 de octubre de 2009

Y MUCHO MÁS


Es octubre y ni por asomo el otoño se ha decidido a acercarse. De vez en cuando pone un pie en la puerta, deja un charco mojado en el suelo y otra vez vuelve hacía atrás. Como mi madre bien dice: “¡esta es la época de los disfraces!”, puedes llevar una medias tupidas y una camiseta de tirantes, o ir tapado hasta las orejas mientras tu vecino deja todo su cuerpo al aire y nadie dirá nada, los día de sol y sombra hacen que uno acabe un poco desconcertado en relación a su vestuario.
Al recordar a mi madre, me da la impresión que me olvido de que a parte de madre ha sido muchas otras cosas en la vida.
Tras una semana agotada, el sábado por la noche me quedé pegada a la pantalla, tumbada en el sofá y siguiendo con ganas los programas de ese día de la semana. El sueño estaba por vencerme pero más fuerza tenía la curiosidad para mantenerme despierta.
La imagen de la duquesa de Alba se plantó en la pantalla, una mujer de 81 años que recriminaba a sus hijos cuestionarle el amor que había renacido en su interior, mientras ellos llevaban una vida desordenada, de angustias y de mal sabor por una mala gestión de ese mismo amor. Como madre se había quedado callada, apoyaba la mano en el hombro de sus vástagos y dejaba que cada uno cometiera sus propios errores, que aprendiera y que en todo caso fuera dueño de su vida y por tanto de sus actos. Ver a esa mujer de edad avanzada, con la voz más temblorosa de lo habitual, con un poco de rabia, me hizo plantearme dos cosas: lo poco atentos que estamos al cariño que también necesita la tercera edad (el paso de los años no vuelve a tu piel menos sensible, no endurece el corazón, no rechaza el contacto) y las veces que olvidamos que nuestros padres también tuvieron una historia, que no sólo están para nosotros, aunque el hijo egoísta siempre les asigna un papel exclusivo, como yo, como todos, siguen teniendo deseos, sueños, necesidades y esos estaban allí antes de que yo naciera.
Mi madre no sólo es madre, y a pesar de su amor incondicional, cuando habla de su fabrica, de sus amigos, de sus hermanas, cuando se enfada por cosas sin sentido, cuando cambia las palabras, cuando estrena un jersey nuevo y va a la peluquería, cuando sonríe por un piropo hecho con picardía, cuando pasa sus largas horas con su café negro y su amiga tras la barra hablando de su vida, tengo que recordarme a mí misma que mi madre es mi madre y mucho más.