
El Barça de este año me hizo recuperar la ilusión por el fútbol. Como los malos aficionados, una racha de pésimas temporadas me había hecho abandonar al equipo, aunque más que por el mal juego por la actitud de lo jugadores que parecían más llevados por su propia vanidad que por contentar a la afición.
Poco a poco fui impregnándome de la nueva oleada de esta temporada: ganamos la Copa del Rey y ganamos la Liga, ahora sólo quedaba esperar el Triplete, lo cual ya me parecía casi un milagro.
Recé por salir temprano del trabajo aunque fuera para ver los últimos minutos. Confiaba que el hecho de estar viendo el partido haría que los pacientes a penas me necesitaran si no era un caso de extrema urgencia.
A las diez menos cuarto repasé mi rostro cansado, un poco de colorete y un pegote de rimel para acabar de darle un poco de volumen a mis pestañas. A menos tres me había colocado la ropa y llevaba por encima la bata, al tiempo que disparaba el parte como una metralleta a mi compañera.
Baje a Barcelona a toda prisa, una promesa de que me estarían esperando para celebrarlo rondaba por mi cabeza. En la radio sonó el segundo gol. Suspiré aliviada ¡esto ya estaba casi hecho!
Quedaba tan sólo un minuto cuando cruce el umbral de la puerta donde se suponía que estarían aguardándome.
La gente andaba alborotada, una y otra vez se oía el canturreo que trataba de reproducir el himno del Barça y las botellas de cerveza y algún vaso intruso de champaña se alzaban en el aire.
Miré las caras de los individuos eufóricos pero ninguna era la que yo conocía. Trate de llamar por teléfono pero no hubo respuesta. Me quedé esperando media hora y al final resolví salir a la calle a tomar aire fresco.
La alegría era evidente, miles de banderas, gritos y pitidos, con gente que se lanzaba a las calles para celebrar algo que hacía historia.
Me senté en un portal. A esas alturas creo que ya eran 14 llamadas perdidas más un mensaje de voz, las que había dejado por ahí, esperando que alguien se dignara a recogerlos.
Rematadamente idiota, no podía llamarme de otra manera, en lugar de disfrutar de una alegría altamente merecida. Estaba en medio de Barcelona una vez más, aguantándome las lagrimas y odiando que el mundo fuera feliz mientras yo desde mi burbuja, me moría de la pena.
Al cabo de una hora volvía a casa. Me acosté pero no dormí. Y a la almohada le susurré bien bajito: “bueno, al menos hemos ganado la Champions”.
Poco a poco fui impregnándome de la nueva oleada de esta temporada: ganamos la Copa del Rey y ganamos la Liga, ahora sólo quedaba esperar el Triplete, lo cual ya me parecía casi un milagro.
Recé por salir temprano del trabajo aunque fuera para ver los últimos minutos. Confiaba que el hecho de estar viendo el partido haría que los pacientes a penas me necesitaran si no era un caso de extrema urgencia.
A las diez menos cuarto repasé mi rostro cansado, un poco de colorete y un pegote de rimel para acabar de darle un poco de volumen a mis pestañas. A menos tres me había colocado la ropa y llevaba por encima la bata, al tiempo que disparaba el parte como una metralleta a mi compañera.
Baje a Barcelona a toda prisa, una promesa de que me estarían esperando para celebrarlo rondaba por mi cabeza. En la radio sonó el segundo gol. Suspiré aliviada ¡esto ya estaba casi hecho!
Quedaba tan sólo un minuto cuando cruce el umbral de la puerta donde se suponía que estarían aguardándome.
La gente andaba alborotada, una y otra vez se oía el canturreo que trataba de reproducir el himno del Barça y las botellas de cerveza y algún vaso intruso de champaña se alzaban en el aire.
Miré las caras de los individuos eufóricos pero ninguna era la que yo conocía. Trate de llamar por teléfono pero no hubo respuesta. Me quedé esperando media hora y al final resolví salir a la calle a tomar aire fresco.
La alegría era evidente, miles de banderas, gritos y pitidos, con gente que se lanzaba a las calles para celebrar algo que hacía historia.
Me senté en un portal. A esas alturas creo que ya eran 14 llamadas perdidas más un mensaje de voz, las que había dejado por ahí, esperando que alguien se dignara a recogerlos.
Rematadamente idiota, no podía llamarme de otra manera, en lugar de disfrutar de una alegría altamente merecida. Estaba en medio de Barcelona una vez más, aguantándome las lagrimas y odiando que el mundo fuera feliz mientras yo desde mi burbuja, me moría de la pena.
Al cabo de una hora volvía a casa. Me acosté pero no dormí. Y a la almohada le susurré bien bajito: “bueno, al menos hemos ganado la Champions”.
















