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NEURONAS ESPEJO


Dicen que uno de los pilares de la felicidad es la empatía, es decir la capacidad de ponerse en el lugar del otro, lo cual no siempre resulta una tarea simple.
Aunque como casi todo en la vida, parece ser que esa capacidad también se aprende, a través de un área de nuestro cerebro, donde se sitúan las denominadas neuronas espejo.
Estas neuronas se activan cuando observamos a alguien, y así aprendemos por imitación, pero no sólo se nos transmite la acción, sino también el estado de ánimo y los sentimientos de la persona que la ejecuta, así como su intencionalidad. Es decir, tras nuestra observación sufrimos un “contagio emocional” que nos lleva a desarrollar la empatía.
Sin embargo, en la vida, a mí me parece que estas neuronas no funcionan al 100%, es cierto que somos capaces de entender el dolor que sufre una persona enferma, que comprendemos que alguien disfrute riéndose con un chiste, pero luego, resulta sumamente difícil entender las intenciones, los pensamientos y todas esas motivaciones que guían la conducta de ciertas personas. De la misma manera, es fácil sentirse un incomprendido, a los ojos de los demás, casi un jeroglífico.
Los entendidos dirán que es cuestión de entrenamiento, que las neuronas espejo hacen parte de su trabajo, pero que luego ha de ser nuestro raciocinio el que nos permita desarrollar nuestro carácter más empático.
Y por supuesto, hay comportamientos que quedan fuera de este análisis solidario.
Los últimos estudios apuntan a que las personas autistas, tal vez no tengan estas neuronas o tengan un déficit y de aquí sus problemas de situarse en el lugar de los otros y de desarrollar su faceta social.
En definitiva para ser feliz hay que salir un poco de uno mismo, ver más allá, comprender y aunque suene un poco a lema de la era hippie, hay que querer a los demás.

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