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UN TORO Y SIETE VACAS


Hace un San Valentín, estaba lejos de casa. Acostumbrada a las cajas de bombones y las cenas románticas a solas, me sorprendió que la costumbre de allí fuera reunirse en grupo para celebrar la fecha que se supone se dedica a los enamorados.
Al menos éramos veinte personas en un restaurante donde habían preparado a conciencia unos poemas que se suponía había compuesto tu pareja para un momento tan especial y que estaban envueltos por una rosa y escritos con letras diminutas dentro de una tarjetita, donde aclaraba rápidamente de Pedro para Laura, de Samuel para Davinia. Claro que el poema no era de cosecha propia pero resultaba divertido entre el champán y el vino descubrir bajo la servilleta ese toque de romanticismo.
Sin embargo, extrañada por la falta de costumbre y enrarecida porqué no conocía a nadie en esa fiesta mis ojos se posaron sobre el nombre del restaurante: un toro y siete vacas.
Me quedé pensando en la procedencia de la elección y acabé por descubrir que los primeros animales que llegaron a Asunción fueron un toro y siete vacas, transportados des de Brasil.
Los animales vagaban libremente por los campos, se reproducían y eran considerados propiedad de nadie. De manera que cualquiera podía aprovecharlos para su consumo.
Por entonces el territorio también pertenecía a lo que se conoce como el Virreinato del Río de la Plata, así que también había presencia de gauchos, que empezaron a alimentarse de la lengua del ganado, los caracúes de los huesos. Y el sebo, de forma muy inteligente, se usaba para dar luz.
Luego apareció la costumbre de hacer un hoyo en la tierra para cocinar la carne y así surgió el famoso asado, que aunque tiene más fama argentina, teniendo en cuenta, que las dos regiones estaban unidas y luego separadas por cachitos de historia, es la misma costumbre en el Paraguay.

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