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NO ME PONGAS ETIQUETA


Ser madre tiene que ser duro, duro. Supongo que el instinto de protección te sale por todos los poros y quieres alejar a toda costa a tu hijo de cualquier sufrimiento. Pero a veces descubrimos que nuestros retoños no son tan perfectos como desearíamos y entonces nos entra el miedo y el pánico, un miedo que no tiene que ver con nosotros sino con ellos y su sufrimiento.
A una madre le han dicho que su hijo es extraño, que no se comporta igual que el resto, que parece no querer jugar con los demás, no querer hablar, que vive en su mundo, un mundo que ella no puede ver porqué él sólo se comunica por gestos.
Durante mucho tiempo ella no ha querido ver nada. Quiere a su hijo y a veces nos resulta dura la verdad, pero también es cierto, que a veces al poner más de una etiqueta nos equivocamos, pero que una vez puesta la etiqueta a los tomates los tratamos de tomates aunque sean zanahorias.
Está tanteando los dos extremos, que sea algo fuera de lo común o que no llegue a la raya de lo normal, y ninguno de los dos extremos le convencen, porqué nadie quiere algo sobresaliente o algo por debajo, todos queremos entrar dentro de la estadística, que nos digan que somos normales y que no nos hagan sentir diferentes.
Y tal vez, tampoco sea una cosa ni la otra, sólo una forma de ser bien definida. En la era de la diferencia, no hay manera, seguimos luchando por ser todos iguales.
Odio las etiquetas, esas que te encasillan, que te dejan con un lastre para toda la vida, que no te dejan desarrollar porqué has asumido que eres esto y no lo otro, que se convierten en una identidad dañina.
Ese es el problema de la medicina, de la psicología…eres un diagnóstico con un código de barras, en el que tu nombre desaparece y pasas a ser: una leucemia crónica, un enfisema pulmonar, una esquizofrenia, una hernia discal…una etiqueta.

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