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EL MAR


Ayer mientras las nubes se debatían con el sol me acerqué a la playa. A pesar de estar en junio, el verano este año se está haciendo el remolón y todavía hace un poco de frío, lo notas cuando la brisa sopla y tu piel se contrae intentando atrapar el calor que trata de huir por los poros, el vello se eriza y te abrazas fuerte, fuerte para sentirte más protegida, más cerca de ti misma.
El cielo estaba apunto de esconder los tonos pasteles anaranjados y azules que se funden a última hora de la tarde. Tan sólo había otras dos personas conmigo en la playa, que charlaban pausadamente sobre su toalla, mientras el pastor alemán que las acompañaba ladraba cada vez que el tren, situado a pocos metros, pasaba irrumpiendo la aparente paz y tranquilidad del momento.
Sumergí mis pies en el agua, mis intentos por remangarme el pantalón sobre las rodillas fueron poco efectivos cuando el mar, juguetón como siempre, se lanzó con fuerza y me dejo empapada de agua salada. Sin embargo, no me moví, me quedé de pie, esperando que mis pies se hundieran cada vez más y más en la arena, hipnotizada por el movimiento ondulante de las olas, encantada con el sonido, el mismo que se puede escuchar cuando te pegas fuerte al oído una caracola.
Me pregunté a mí misma, ¿por qué nos relaja tanto el mar? ¿Qué extraño misterio encierra la frontera entre la tierra y el H2O para que uno se sienta en paz? Quizás sea la fusión con la naturaleza, algún gen revoltoso que tiene bien grabado el momento en que la vida se originó en ese lugar.
No lo sé, aunque allí quieta, otra pregunta me inquietó más que las otras ¿si me gusta tanto por qué no vengo con más frecuencia?

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