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SÓLO AGUA DULCE


Por fin, el cielo ha decidido teñirse de gris y hacer una reunión de nubes inquietas que chocan unas contra otras, dejándose acariciar por la cima de las montañas, explotando y rociando todo con aquello que cada día apreciamos con más ganas: el agua.
Lleva tres días lloviendo, empapando nuestra vida y haciéndonos sonreír pensando que por fin, aquello que tanto hemos esperado parece que va llegar. Miras por la ventana y te alegras de estar en casa, calentito, esperando que el suave murmullo de gotas chocando contra el suelo una y otra vez, caminando lentamente por las superficies, quiera cesar. Hueles el aire, y te impregnas de la hierba húmeda y fresca, de la naturaleza que resurge, todo esta limpio de nuevo, recién centrifugado y aclarado, para poder disfrutar del espectáculo otra vez.
En los últimos días se ha hablado tanto del agua, de lo que nos falta, que cuando mi madre ha dicho que esta harta de tanto oír llover, la he mirado con expresión seria.
Miro al cielo, con la esperanza de que nadie nos tenga que prestar el agua, algo que ni siquiera debería estar en posesión de nadie.
Había una vez una historia que hablaba de la sequía. Como si fuera una especie de predicción, explicaba que en un país ficticio, el sol estaba arrasando con todo, la gente se moría de sed, la naturaleza se desintegraba, pero una chica encontró un tesoro en un molino abandonado, un tesoro que le permitía pedir deseos, de forma generosa pidió que empezara a llover, pero su deseo se volvió en su contra, y la lluvia se volvió monstruosa, provocando inundaciones y muertes. Aunque ya no recuerdo el final de la historia, pensé que siempre hay que tener mucho cuidado con todo lo que se desea. Ahora quiero agua, porqué la necesitamos, porqué es la vida misma.
Un día el cielo se puso negro en lugar de gris, y se dejo iluminar por destellos que rasgaban con líneas curvas su telón, precedido del retumbo de tambores. Entonces el agua cayó de golpe, como una cascada, en lugar de gota a gota. El tráfico se paralizó, y las calles se convirtieron en ríos donde los coches flotaban, me asuste del poder de la naturaleza, y luego después de diez minutos, todo volvió a estar en calma, sólo el barro y los trozos de objetos que habían sido arrastrados por la rabia de la naturaleza demostraban que hacía tan sólo un rato el mundo se había vuelto menos seguro de lo que nos suele tener acostumbrados.
Por ese miedo, sigo pidiendo agua, pero que no venga de mala manera, agua dosificada, que permita hacer subir el nivel de los pantanos, que calme la sed, que riegue las plantas, agua limpia, pura, agua que respete la vida, no tsunamis, no tornados, ni huracanes, sólo agua rebotando contra los cristales provocando suaves melodías.

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