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MAHARAJAS ENTRE DOS CULTURAS


Cuando mi mejor amiga empezó a salir con el que ahora es ya su marido, éste la bautizó como la Maharajá, por la tendencia de mi amiga a dar ordenes de forma continua, y no por su inconfundible devoción hacía ella.
Y es que los maharajaes eran un reflejo fiel de carácter dominante de mi amiga. Inundados de riquezas y decididos a cumplir hasta el último de sus caprichos, se movían entre el saber hacer y la excentricidad. De refinadas maneras, la mayoría habían recibido una educación británica en los mejores colegios, se movían a caballo del mundo oriental y el occidental, sin saber en muchos casos cual era su verdadero sitio.
En occidente hemos aprendido que para ser feliz hay que ser un poco egoísta, pensar en uno mismo, porqué sino la ola expansiva de nuestra infelicidad se transmite a todo lo que tocamos. En cambio en oriente, sucede todo lo contrario, hay que hacer felices a los demás aunque eso nos convierta en infelices, porqué cuenta mucho más lo que hay alrededor, el dolor que podemos llegar a causar por nuestro mal comportamiento, que nosotros mismos. Por eso una hindú educada en Francia, convertida durante un tiempo en una europea, al final acabará cediendo a los deseos de sus padres de contraer matrimonio con alguien a quien ni siquiera conoce, aceptando su destino y dándole la espalda a sus sentimientos.
El caso de los maharajas es diferente porqué ellos son los que mueven fichas, sólo con el imperio británico se mostraban cautos, tratando de satisfacer todas las expectativas de aquellos que les permitían conservar su poder.
Un empacho de riqueza te acaba volviendo un poco extraño. De todos los maharajas existentes, porqué la India es muy grande, pocos se salvaron de tener alguna rareza: hubo quien su amor por los perros lo trastocó hasta el punto que celebró una gran boda concertada entre dos de sus mascotas; otro, el hombre más rico del mundo en aquella época ya antigua y coloreada de sepia, se volvió tan tacaño que incluso ni siquiera se cambiaba de ropa, comía escasamente y vivía encerrado en casa por miedo a gastar; otro se excitaba con los gemidos de las parturientas y otro sentía gran interés por todas las intervenciones de ginecología a las que necesitaba asistir en primera persona.
Por un lado, el lujo, el aburrimiento, el hastío, el encontrar algo que te llene teniéndolo todo. Por otro lado, los detalles de una cultura basada en un sistema de castas, en el que aquel que ha nacido en el escalón más bajo sólo puede dedicarse a tareas denigrantes y no tiene derecho ni siquiera a que alguien del escalón superior lo mire a la cara. Los maharajas queriendo conciliar dos extremos, prefiriendo a las mujeres europeas con iniciativa, libres, capaces de pensar pero condenando a las suyas a no poder escoger. Cultura que respeto, porqué todo tiene sus orígenes, porqué toda tradición tiene un porqué, y porqué cuando estas sumergido en ese pensamiento, aceptas sus ideas y si no lo haces te sientes infeliz. Pero criada en una cultura mucho más alejada con otros conceptos, hay cosas que se me atascan y que por mucho que lo intento no entiendo.

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