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YA NO VOLVERÁ LISBOA


Si Oporto tiene el río Duero, Lisboa no podía ser menos y creció a lo largo de los siglos a los márgenes del Tajo, o como se dice en portugués el río Tejo. En la época de los descubrimientos el comercio era continuo, y las aguas entonces más elevadas, llegaban hasta la misma puerta del monasterio de los Jerónimos, donde varias estancias hacían las veces de almacén para los productos que llegaban atravesando el Atlántico, desde diferentes puntos del planeta.
Al igual que las ciudades grandes del mundo, Lisboa también ocupa siete colinas, como si fuera el sello escogido por la historia para dar protagonismo a las tierras que cumplan esa condición.
Sin embargo, esa misma historia ha hecho caer en más de una ocasión a la ciudad en el desastre, en 1755 la tierra se revolvió y se produjo un terrible terremoto, que hizo que la ruina y el fuego se apoderarán de Lisboa. Aún así fue esta misma circunstancia la que le permitió volver a resurgir y crearse una nueva identidad. Dicen que de repente mucha gente ya no tenía nada y nadie podía probar quien era realmente y dentro de la desgracia, a algunos les sirvió para crearse a su alrededor una vida mejor, porqué con el terremoto pudieron empezar de cero.
Hoy en día, ya escarmentada, la ciudad descansa sobre una plataforma de troncos que permiten cierta flexibilidad ante las vibraciones que la tierra caprichosa de vez en cuando produce al hacer chocar sus placas, y es que, la península ibérica es una gran placa sísmica, a pesar, de la tranquilidad aparente en la que vivimos.
Tras la destrucción fue el marqués de Pombal el encargado de reconstruir la ciudad según sus ideas sobre lo que debía ser un estado racional.
A nivel político, la tierra lusa también ha pasado por la invasión y reconquista del país a manos de varios pueblos: fenicios, griegos, cartagineses, bárbaros, árabes hasta llegar a la consolidación de los reinos cristianos, que acabó en 1910 cuando se condenó al rey al exilió y se instaló en el país una república. Luego una dictadura (1926) y por fin, con la conocida Revolución de los Claveles (1978) vuelve la libertad.
En Lisboa se da la combinación perfecta entre la modernidad y lo antiguo. Es fácil observar edificios mitad remodelados mitad olvidados, lo que da una idea de lo que fue y de lo que puede ser, y también de que a veces con todo lo señorita que es la ciudad, también tiene sus defectos.
La plaza del Comercio, es el punto de partida para adentrarse hacía el centro, caminando por medio de la RuaAugusta, embriagado por los colores, por la multitud, y por los vendedores ambulantes y los pedigüeños que encuentran formas cada vez más originales para arrancarle al turista alguna moneda. Al final de esta arteria, se aterriza en la plaza de Rossio presidida por la figura del monarca Pedro IV, rodeado de fuentes de agua verde, en la que flotan innumerables objetos, entre los que encontramos incluso un calcetín. Al lado, la plaza de la Figueira conserva la estatua de otro rey, el rey Joao I subido a caballo, dispuesto a emprender una nueva batalla. En esa misma plaza al fondo, hay una pastelería antigua, donde se puede disfrutar de un merengue exquisito y unas deliciosas pastitas de té.
En medio del bullicio, llegaron un chico con rastras y una chica de color. La chica iba vestida de forma étnica, con un vestido amarillo y azul surcado de rallas onduladas, pendientes de marfil y una cola de caballo enredada en trenzas chiquititas. El chico se sentó en el suelo y sacó un tambor diminuto: “pon, pon, ponpon...”, entonces la chica empezó a entonar una especie de canción en un idioma inteligible, mientras bailaba al ritmo de los golpes del instrumento. De repente de la nada, surgió un personaje diminuto, montado en bicicleta, de edad añosa pero indefinida, y vestido con la ropa del equipo de fútbol de Portugal. Aparcó su bicicleta y se puso a bailar junto a la chica, contoneando su cuerpo una y otra vez, y haciendo menear sobretodo la zona de las caderas, con las piernas medio flexionadas y los brazos arqueados como una ranita a punto de atrapar una mosca. Luego se tiró al suelo e inició una serie de pasos de Break dance mal coordinados, mientras despertaba las risas y la admiración entre el publico.
Ese es sólo un ejemplo de lo animadas que pueden resultar las plazas lisboetas, donde en un segundo de tranquilidad, el escenario se convierte y pasa a ser un espectáculo por todo lo alto.
Volvemos a la plaza de Rossio y esta vez caminamos más allá del teatro nacional Dona Maria II, pasando por encima del escudo de la ciudad representado por dos cuervos sobre una carabela, a la derecha, hay otra pequeña plaza y allí se vende la Ginjinha, un licor a base de cerezas fermentadas, que te devuelve el buen humor y te sube la temperatura, todo por un euro, claro que también te deja pegajoso y medio atontado, sentado en un pollo pensando en lo maravilloso que es poder viajar y sentir. Y todo producto de la idea que un buen día tuvo un gallego, que cambió su “terra galega” por un sitio en Lisboa.
Otras plazas a las que dirigirse son la plaza del Municipio y la plaza de los Restauradores. Pero ya que estamos por aquí, andamos hasta el museo del Carmo, erigido entre las ruinas de la antigua iglesia, y que recoge un poco de la historia de la ciudad y otros objetos que no tienen nada que ver con ella, como las momias de dos niños traídos desde Méjico que fueron compradas en el nuevo mundo por alguien a quien le llamaron sumamente la atención, dos hermanos despertados de su sueño y condenados a morir bajo la mirada continua de los miles de personas que cada día visitan el museo del Carmo.
Para no caminar tanto cogemos el elevador de Santa Justa, otro hito de la casa Eiffel y corremos hacía el otro lado de la ciudad, a visitar la catedral de la Sé, con la magia de los tranvías subiendo para arriba y para abajo. Y corremos y corremos hasta el castillo de Sao Jorge, desde donde se puede ver toda la ciudad porqué está situado en su colina más alta, y conserva 11 torres algunas bautizadas: Torre del Homenaje, Torre de Ulises, Torre del palacio, Torre central norte y noroeste, Torre de la Cisterna y Torre de San Lorenzo. Y otra vez la música te invade, porqué otro pedigüeño, ocupa la sala central del castillo y desde allí hace sonar las notas de una balalaica y así te traslada sin quererlo a la época medieval.
Paseamos por la Alfama, quizás el barrio con más carácter de la ciudad, por sus calles estrechas y adoquinadas, irregulares, cerradas en exceso, con flores colgantes y ropa tendida a todas horas, con puertas enormes, todas siempre cuesta arriba, que ocultan rincones secretos, que conservan el espíritu más antiguo de Portugal, y que encierran también la diferencia de la casa dos Bicos.
Y nos vamos hacía el río Tajo, a conocer el monasterio de los Jerónimos donde se encuentran enterrados reyes, reinas, pero también grandes descubridores y poetas. Impregnado del estilo manuelino, comparado con el estilo mudéjar, encontramos uno de los claustros más bellos de toda Europa, donde hay un león surgiendo de la fuente, y como no podía faltar la leyenda, dicen que si pides un deseo y le frotas la patita a la fiera el deseo se cumple.
Enfrente del monasterio se encuentra el monumento a los descubrimientos, que hace pensar en la valentía y osadía de otras épocas, en la que nadie le temía a lo desconocido, o tal vez no pensaba de la misma manera en los peligros. Caminando mucho más, esta la torre de Belém, símbolo inequívoco de la ciudad, plagado de belleza y aunque fuera una fortaleza, también es la forma en que la ciudad mira al más allá.
Por último, la ciudad tiene la suerte de estar siempre protegida por el Cristo Rey de Almada, cuya copia vive al otro lado del océano, en Río de Janeiro, y que si uno quiso y no pudo el otro se ha convertido en una de las siete maravillas del mundo.
Así, uno se despide de esa ciudad “antigua y señorial” que siempre recuerda la canción, donde el fado le envuelve en la nostalgia y en la tristeza de lo que fue y uno espera pero que nunca llega.

Lisboa antigua reposa
llena de encanto y belleza
¡Que fuiste hermosa al sonreír y al vestir tan airosa!
El velo de la nostalgia[cubre] tu rostro de linda princesa.
No volverás Lisboa antigua y señorial
a ser morada feudal
a tu esplendor real.
Las fiestas y los lúcidos saraos
y serenatas al amanecer
ya nunca volverán.

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