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OPORTO Y SU VINO

La primera mirada a Oporto fue de noche, con sus calles vacías y siguiendo el rastro de los dibujos de las aceras, camino del hotel. Todo parecía quieto y en calma, sin el ahogo de la gran ciudad de la que provenía.
Con la llegada del día, mi visión de Oporto no cambió, cierto que el ajetreo era mayor, pero la sensación de estar en un paraíso de calles estrellas y plagadas de flores me animaba a pensar que la ciudad era tranquila y risueña.
Gracias a Oporto, Portugal consiguió su nombre. En otra epoca, cuando el país formaba parte de España, el Duero dividía antes de llegar al Atlàntico a: Vila Nova de Gaia, que en aquella época se conocía como Cale y Porto, Portus, o para nosotros el Oporto de nuestros tiempos. De la fusión de esos nombres salió la palabra Portucale, y ahora Portugal.
En el siglo XIV Porto empezó a crecer, pasando de ser una pequeña ciudad sin importancia, a disputarse su posición con Lisboa. El trabajo en sus astilleros para abastecer a la flota real dio sus frutos, sobretodo tras las conquistas en África.
Como otras ciudades Oporto no pudo escapar al devenir de los británicos, que con el fin de hacerse con el control del comercio del vino se establecieron en el Duero, dejando su influencia en los edificios y y en las calles, pero con una luz brillante, bajo los días despejados con cielos azul claro.
Para poder ver toda la ciudad, es necesario subir previamente a la torre de la Iglesia dos Clérigos, que con sus 76 m y después de superar con éxito los 225 peldaños te muestra un Oporto llenó de tejados anaranjados, sin ningún orden concreto, destacando la catedral y el río. Des de está posición privilegiada es fácil entender cual era la sensación de los marineros al tomarla de referencia en su navegación por el Duero.
Des de la , Oporto se extiende cuesta abajo hasta llegar al río, mediante las calles estrechas de los barrios más antiguos. Esta catedral comparte espacio con el Palacio Episcopal. Frente a los dos se encuentra la figura de un pelourinho, firme y fuerte en defensa de la fe cristiana.
Síntoma inequívoco de que estás en Oporto es ver el puente de Maria Pia, cruzando la masa de agua de lado a lado. El puente de hierro lleva el sello reconocible en cualquier parte del ingeniero Eiffel, al igual que el puente de Luis I, el más conocido de los tres puentes que unen las dos orillas, que aunque construido por una sociedad belga llamada Willebroeck siguió la misma técnica usada por Eiffel.
Aquí a las orillas de este río, a los pies del puente, en el Cais da Ribeira, nos paramos a descansar. Los callos a la porteña, a pesar de su renombrada reputación, no figuraban entre mis opciones, y en lugar de eso elegí una paella. Pero si uno llega hasta aquí, por lo menos tiene que probar algo que sea indisoluble del nombre de la región, y esta vez apostamos por el vino. Y lo que hace el no saber... el gusto salado de la paella se mezcló en mi paladar con el vino de oporto dulce, como un moscatel, que mejor hubiera sido reservarlo para los postres o para unos frutos secos. Y aunque la rebaba que caía por el vaso y el color amarronado del vino eran sumamente atrayentes, su gusto a licor, por haber hecho una elección errónea en el acompañamiento, me decepcionó. Con razón el camarero nos miró extrañado cuando le señalamos en la carta de vinos, el nombre del lugar.
Recuperadas las energías, después de haber observado concienzudamente el de venir de las barcas Ravelo, que en otra época transportaban los barriles de vino, seguimos nuestro recorrido por Oporto, hasta el palacio de la Bolsa, un centro comercial y exclusivo, que dominaba los mares en la época de la colonización. La visita también incluía el salón árabe, un salón hecho con motivos exóticos y colores vivos, traídos de oriente, para el divertimiento de las clases influyente, y que hasta hoy en día se puede alquilar para bodas, celebraciones, o incluso para conciertos. Algunos lo han comparado con la Alhambra de Granada, pero los turistas españoles se afanaron en aclarar que los dos monumentos no tenían ni punto de comparación.
Al lado del palacio, estaba la Iglesia de Sao Francisco, cubierta de oro (hasta 200 kg de polvo de oro se llegaron a usar), lo cual hace que uno piense que se encuentra bajo tierra, y que de las rocas no paran de surgir figuras, con destellos dorados, que le aprisionan, que le imponen, aunque no se puede negar su belleza. También si se desea se pueden visitar las catacumbas, pero este tipo de visitas, yo creo, que tienen más que ver con la morbosidad que con el interés turístico del espacio.
En Oporto estuvimos poco tiempo, lo suficiente para impregnarnos un poco del espíritu portugués, para empezar a adivinar su pasión por: los mosaicos azules, por las calles con dibujos, por una gastronomía muy semejante a la nuestra, por la conservación de algunos fenómenos antiguos, por el descubrimiento de nombres que también están en otro lado del mundo como la Sé de Brasil, o un café guaraní que había a los pies del hotel, por sus gallos, por el espíritu inglés que tuvo su influencia, por su historia inseparable de la nuestra, por una continuación de Galicia en el Norte y de Andalucia en el Sur, y en definitiva por pequeñas cosas que me hacen sentir a Portugal un poco más cerca.

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