miércoles, 27 de agosto de 2014

SALTARON LAS ALARMAS


Saltaron las alarmas y dejamos de ser intocables. Llevo dos horas intentando preparar una sesión sobre Ébola, sobre el virus al que queríamos desconocer, o al que más bien ignorábamos. Sé que las posibilidades son prácticamente cero pero todas mis cuestiones éticas se han puesto bajo sospecha.
¿Por qué ahora tanto esfuerzo por encontrar una cura efectiva? No es un virus nuevo, ni siquiera es la primera vez ¿Fue ético traer a ese misionero a España? La gente se quejaba: del gasto, de lo que supuso el avión, de lo que supuso tener toda la planta del Carlos III cerrada, del medicamento que nos trajeron de Estados Unidos,  de las posibilidades de poner en riesgo a la población. Las redes sociales estallaban y Mito me decía: ¡menudo patriota! Y yo le miraba indignada, pensando en la deshumanización, y crecía un muro entre nosotros más grande, más alto que el ya caído muro de Berlín. Y luego las conjeturas, los esfuerzos de gente que también merece una vida digna intentando saltar la valla, y los gritos de: “no les podemos dejar entrar a todos, aquí no hay espacio, no hay recursos” y lo peor: “¿y si nos traen el virus?”, y luego la voz sensata que replicaba: “tranquilos, tardan dos años en llegar a la frontera de España, de aquí a eso el brote se habrá acabado o en todo caso el que lo intente habrá muerto”, y entonces vino más pena, y más rabia, y más impotencia, y más hablar siempre de lo mismo sin hacer nada, y un desencanto y un saber que no se hace porque no se quiere y punto, porque por mucho que digan hemos aprendido a gestionarnos en parcelas, todo está bien mientras no nos toquen, y si eso que sean otros los que se mueran, y al final todo se reduce a que existen vidas mejores y peores, o mejor dicho: humanos de primera y de segunda, y debajo de los de segunda los de la tercera, que ya casi ni se consideran humanos. Y analizando la historia me doy cuenta que pocas cosas han cambiado desde que el mundo es mundo y que a veces no tengo respuestas para mis preguntas.


domingo, 17 de agosto de 2014

A MI QUERIDA ANGUSTIAS


A medida que crece la felicidad disminuyen las ganas de escribir, al menos en términos de sentimientos, o tal vez fuera el espacio, esos meses viviendo en un piso enorme pero sin apenas luz, donde muchas veces me sentía encerrada. Y salía a la calle y seguía sin haber luz, era como no tener oxígeno, como intentar inhalar profundamente y seguir sintiendo un ahogo que me consumía. 

Claro que tenía otras cosas, cosas sumadas todas ellas que componían una felicidad que jamás pensé que conseguiría, incluso cuando me daba las mayores palabras de ánimos, en el fondo seguía convencida de que nada pasa, pero sí pasa, en algún momento, cuando estás preparado para ello las cosas cambian.

Sigo pensando en la soledad como en una enfermedad letal, yo no estoy sola, pero recuerdo aquellos años de encerramiento en lo que lo único que soñaba es que se me cayera encima el techo. Luego un buen día despiertas y te das cuenta, que incluso cuando creías que eras terriblemente infeliz eras feliz.

A veces me gustaría rescatar a todos los que se sientes solos: a Tambor, a mi amiga Angustias (evidentemente no se llama así, pero la padece constantemente) y a todas esas mujeres que veo tan válidas pero siguen creyendo que sólo cuando haya alguien a su lado conseguirán lo que buscaban.

Luego está la soledad más profunda, la del que no tiene nada, como un dibujante de cómics que vi en un documental. En la época en que Barcelona avanzaba hacia el cosmopolismo y él rebosaba juventud, había entrado a trabajar en una editorial, ganando muchísimo dinero y creyendo que la vida siempre sería así. Un buen día se quedó sin trabajo, sin ingresos, sin hogar y sin familia, se convirtió en un vagabundo y se enfrentó a la calle durante más de 25 años. Contaba que por las noches dormía entre la maleza de un bosque en Sant Cugat, siempre con un ojo abierto, por si alguien quería acabar con su vida. Se convirtió en un despojo humano, se degradó, se dejó de respetar y cuando peor estaba, frente a una iglesia, un voluntario de una ONG le preguntó si quería dejar la calle. Aquel fue el fin de esa vida, ahora vuelve a dibujar y da conferencias contando su experiencia, pero algo en él se ha roto, porque esos 25 años ya no pueden echarse para atrás. Se palpa esa soledad y ese sufrimiento, que hacen que jamás se pueda volver a recomponer: “la calle te cambia” , y la soledad también, te hace más fuerte, pero te deja una pequeña herida, un temor, una pequeña erosión imperceptible para los demás pero siempre presente.

Y en mis días llenos de la luz que no tenía en Barcelona, que corren ligeros, sin preocupaciones,  a veces, más de lo que quisiera, vuelve esa angustia, ese tintineo que ronda, esa extraña figura, esa soledad pacifica, pues no ataca con armas,  sutilmente se mete en tu cerebro y susurra que puede volver y entonces siento el miedo a perder. Pero sé que aun así, podría vencerla, y entonces me vuelvo nuevamente valiente, y sonrío, sonrío y sonrío, porque he cumplido mi objetivo: ser feliz.


A mi querida Angustias: porque tú también la vencerás.

lunes, 31 de marzo de 2014

HISTORIA DE UNA AGONÍA


¿Y sin nuestros médicos? ¿Y sin nuestra Sanidad? A veces parece que morimos y otra que todo sigue igual, aunque sabemos cual es el futuro: hacer el sistema menos justo porque los recursos son limitados, y los bolsillos distintos. 

lunes, 24 de marzo de 2014

LOS ZAPATOS JUNTO A LA ORILLA


Supongo que a veces una serie de coincidencias te hacen dar vueltas a lo mismo. Primero fue haber elegido para leer El señor de las moscas, cierto que la historia no me impresionó porque la forma en que los personajes llegan a la violencia no me pareció que siguiera un hilo argumental coherente, aunque sí me quedó claro ese mensaje en el que recalcan que en ausencia de normas nos volvemos asesinos despiadados y la empatía y la compasión se convierten en meros sustantivos sin ningún significado. Luego el conflicto de Ucrania, no hace falta ir muy lejos para recordar la Guerra Fría y lo fácil que es desaprender lo aprendido. Luego fue el viaje a Budapest y la visión de ese monumento de los zapatos que seguían el curso del Danubio y que escenificaban como habían sido atados con cuerdas pares de judíos, junto a la orilla. Se disparaba a uno y el otro era arrastrado al fondo del río por el peso del cuerpo ya muerto, donde se ahogaba. Cruel, terrible, inexplicable. Luego mi interés por seguir indagando sobre el Holocausto para acabar sumergida en el conflicto de Palestina, sin acabar de entender al final, quienes eran realmente los buenos o los malos. Y luego esas imágenes de dos adolescentes peleándose, una le golpeaba la cabeza a la otra contra la acera deseando casi que muriera,  tuve que girar la cabeza para no vomitar. Siempre le he tenido miedo a la violencia. Pepo dice que se encuentra dentro de cada uno de nosotros, que tal vez, encerramos pequeños Hydes, reprimidos constantemente por el bien de la sociedad. Quizás Shakespeare tenga razón: “Si las masas pueden amar sin saber por qué también pueden odiar sin mayor fundamento.”