martes, 9 de septiembre de 2014

CON NATURALIDAD


A veces me siento vieja por mucho que digan que viejo sólo se es si lo piensa el alma, o al menos vieja para ciertas cosas. Sentada en una consulta el médico que tenía delante me lo dejo claro: era tarde y había que darse prisa, aunque prisa nunca había tenido ninguna, siempre lo había contemplado como un hecho natural que llegaría en el momento que así lo marcara la vida, sin demasiados planteamientos, ni demasiadas precipitaciones, aunque aún así, aquella forma en que me lo dijo me hizo pensar en mi cuerpo, en algo que se va deteriorando a lo largo de los años y en como los órganos a su capricho al final no querrían responder. Los deseos a veces no pueden ser a toda costa y aunque hubiera querido mucho antes, no hubiera sido el momento.

Se suponía que ser madre era algo que todo el mundo deseaba, pero mentiría si dijera que yo era de las que compartían ese deseo hace diez años o hace tan sólo cuatro. Estaba ligada a mi independencia y reivindicaba mi falta de responsabilidad, seguían sin convencerme todas esas compensaciones que la cultura familiar decía que luchaban contra el sufrimiento que provocan los hijos. Contemplaba a mis amigas y me suponía con demasiada suerte cuando las veía agotadas y habiendo renunciado a muchas satisfacciones de tipo individual (y esto me lo confesaba ellas cuando dejaban atrás el sentimiento de culpabilidad).

Y ahora avanzada la vida y tras conocer a Mito que se desvivía por sus sobrinos, notaba que tal vez había llegado la hora pero que según el médico era un poco tarde. Pensaba sin parar que algo en mí debía estar mal, demasiado mayor, ni un óvulo quedará vivo, mi madre tuvo pronto la menopausia, seguro que sería hereditario. Y ese dilema conmigo misma me llevó a plantearme posibilidades, anticipándome a algo en lo que ni yo ni Mito aún nos hemos puesto de acuerdo, como si hubiera renunciado antes de tiempo, tache la adopción de mi lista y luego imagine los óvulos de otra mujer en mi útero y la genética de Mito y ningún rasgo mío, y sentí una pena enorme por  mí, preguntándome cómo iba a querer algo que no me pertenecía,  pero si otros podían, debía ser que el lazo del cordón umbilical hace que no importe la herencia.


Y así salí de la consulta de ese ginecólogo que sin saber de mi vida, me soltó a la cara que empezaba a estar inservible y que en un año se acabarían las posibilidades: “¿tienes hijos?” “no” “¡Pues a que esperas! ¿A que ya nada te funcione?”. Y yo que me paseo a menudo por la planta de maternidad, me digo que ese ginecólogo tendrá su parte de razón pero que no ha visto la media de edad de las parturientas. Y a Mito no le he dicho nada, pero en secreto maldigo el reloj biológico, y cuando miro a los niños en los parques pienso que tal vez ya no pueda, y las lagrimitas de la maldita sensibilidad me ruedan, y observo de puntillas las incubadoras de esos bebes luchando sin parar por hacerse un hueco en el mundo y me río con el maldito anuncio de Ikea en que una madre se niega a dormir no vaya a ser que su hijo deje de respirar, y en esta última risa, me doy cuenta de una verdad: nunca quise tener hijos porque siempre tuve miedo a hacerlo mal, y en ese miedo oculto que tan bien he disimulado todos estos años, sigue habitando el pánico, y ese pánico frena mi deseo, y justifica que tal vez no sea posible, y esa justificación tal vez sea la excusa que esperaba y luego oigo otra vez, a los niños y veo sus manitas y escucho sus ocurrencias, y me regaño por esas justificaciones, y en esa dicotomía pasa el tiempo y al final, lo único que puedo decir es que mi ginecólogo es un estúpido y que quién sabe las sorpresas de la  vida, y volvemos al principio, las cosas llegan siempre de forma natural no cuando son impuestas y lo que tenga que ser será. 

martes, 2 de septiembre de 2014

LA REVOLUCIÓN DE FACEBOOK Y LA CENA DE LA VERGÜENZA


Será que existe toda una generación perdida, que los valores no se transmitieron igual que a la anterior, será que me vuelvo vieja y empiezo a mirar todo con escepticismo, será que las mujeres nos volvemos más delicadas y sensibles con los años, aunque nadie pueda negar nuestra fuerza interior, será que las redes sociales están revolucionando los sentimientos o facilitando que desaparezcan esas barreras del cara a cara a decir lo que pensábamos.  

Cuando Facebook entró en la vida de mi madre y mis tías,  estaba convencida de que no entenderían nada ¡ilusa yo! Han aprendido a la velocidad del rayo como comunicarse y como mantener a toda la familia bien unida, aunque es verdad que en ocasiones tienen interpretaciones de la información que les llega un poco distorsionada y efectúan solicitudes de ayuda desesperada para acciones cuyo designación era totalmente desconocida hasta que empezó la revolución de la era de la información.

Mi madre fue capaz de decirme por escrito el día de mi cumpleaños (escasamente hace unas semanas) lo que nunca me había dicho y consiguió emocionarme. Cuando me quejé de lo mal que están las cosas en el trabajo, mi tía en un impulso de indignación me dejo bien escrito que no me rindiera jamás, que no dejará nunca que nadie se aprovechara de mí y lo más importante: que me quieren con locura.

Vistos los ejemplos me declaro en contra de todos aquellos que dijeron que las redes sociales harían que la gente se comunicara menos, que estuviera en su mundo virtual en lugar del real ¡ah, no! Lejos de todo eso creo que las redes sociales nos han ayudado a abrirnos, a acercarnos y a conocer más a las personas (siempre aplicando el sentido crítico a aquellos que pretenden vender una realidad no real que en todo caso suelen ser aquellos que no conocemos en profundidad aunque en esa red figuren con el nombre de amigos) y que las cosas que tan difíciles han sido decirnos, ahora fluyen sin más, y no importa que cuando estamos en el mismo espacio físico no seamos capaces de abrir la boca porque en el fondo sé donde están los sentimientos. Así que perdonarme, pero gracias: Facebook, Twitter y whatsapp.

Al hilo de la introducción y esa generación perdida, y esos sentimientos que ahora explotan en forma de bytes, hay algo que me quema en mi interior, sobre mi educación y la de mis primos y primas. Es esa manía de los que nos criaron de concedérnoslo todo, hasta el último deseo, y de no rechistar cuando nos volvemos egoístas. Digo generación perdida porque mi tía puso una lavadora, en ella se destiñeron dos camisas amarillas de mi prima, mi tía compungida contó el suceso a su hija, su hija se enfadó enormemente porque eran sus favoritas, mi tía se puso a llorar: “cuanto más das y más te esfuerzas menos recibes”, yo : “la confianza da asco” (todo esto fue en una cena en casa de mi madre, no me levanté a poner ni un solo plato). En la familia de mi madre con 8 hijos, la lavadora también la ponían ellas, y planchaban, y trabajaban y daban el dinero en casa y seguían siendo ellas las que desteñían las camisas, la diferencia: jamás se les hubiera ocurrido rechistarle a su madre.


Así que analizo las dos cosas, la revolución de Facebook y esa necesidad de decirnos lo mucho que nos quieren y necesitan, y lo poco que les reconocemos su esfuerzo, lo egoístas que nos hemos vuelto, mal criados y yo mujer hecha y derecha sin una pizca de decencia, me propongo no volver a dejar que sea mi madre la que siga cuidando de mí.

miércoles, 27 de agosto de 2014

SALTARON LAS ALARMAS


Saltaron las alarmas y dejamos de ser intocables. Llevo dos horas intentando preparar una sesión sobre Ébola, sobre el virus al que queríamos desconocer, o al que más bien ignorábamos. Sé que las posibilidades son prácticamente cero pero todas mis cuestiones éticas se han puesto bajo sospecha.
¿Por qué ahora tanto esfuerzo por encontrar una cura efectiva? No es un virus nuevo, ni siquiera es la primera vez ¿Fue ético traer a ese misionero a España? La gente se quejaba: del gasto, de lo que supuso el avión, de lo que supuso tener toda la planta del Carlos III cerrada, del medicamento que nos trajeron de Estados Unidos,  de las posibilidades de poner en riesgo a la población. Las redes sociales estallaban y Mito me decía: ¡menudo patriota! Y yo le miraba indignada, pensando en la deshumanización, y crecía un muro entre nosotros más grande, más alto que el ya caído muro de Berlín. Y luego las conjeturas, los esfuerzos de gente que también merece una vida digna intentando saltar la valla, y los gritos de: “no les podemos dejar entrar a todos, aquí no hay espacio, no hay recursos” y lo peor: “¿y si nos traen el virus?”, y luego la voz sensata que replicaba: “tranquilos, tardan dos años en llegar a la frontera de España, de aquí a eso el brote se habrá acabado o en todo caso el que lo intente habrá muerto”, y entonces vino más pena, y más rabia, y más impotencia, y más hablar siempre de lo mismo sin hacer nada, y un desencanto y un saber que no se hace porque no se quiere y punto, porque por mucho que digan hemos aprendido a gestionarnos en parcelas, todo está bien mientras no nos toquen, y si eso que sean otros los que se mueran, y al final todo se reduce a que existen vidas mejores y peores, o mejor dicho: humanos de primera y de segunda, y debajo de los de segunda los de la tercera, que ya casi ni se consideran humanos. Y analizando la historia me doy cuenta que pocas cosas han cambiado desde que el mundo es mundo y que a veces no tengo respuestas para mis preguntas.


domingo, 17 de agosto de 2014

A MI QUERIDA ANGUSTIAS


A medida que crece la felicidad disminuyen las ganas de escribir, al menos en términos de sentimientos, o tal vez fuera el espacio, esos meses viviendo en un piso enorme pero sin apenas luz, donde muchas veces me sentía encerrada. Y salía a la calle y seguía sin haber luz, era como no tener oxígeno, como intentar inhalar profundamente y seguir sintiendo un ahogo que me consumía. 

Claro que tenía otras cosas, cosas sumadas todas ellas que componían una felicidad que jamás pensé que conseguiría, incluso cuando me daba las mayores palabras de ánimos, en el fondo seguía convencida de que nada pasa, pero sí pasa, en algún momento, cuando estás preparado para ello las cosas cambian.

Sigo pensando en la soledad como en una enfermedad letal, yo no estoy sola, pero recuerdo aquellos años de encerramiento en lo que lo único que soñaba es que se me cayera encima el techo. Luego un buen día despiertas y te das cuenta, que incluso cuando creías que eras terriblemente infeliz eras feliz.

A veces me gustaría rescatar a todos los que se sientes solos: a Tambor, a mi amiga Angustias (evidentemente no se llama así, pero la padece constantemente) y a todas esas mujeres que veo tan válidas pero siguen creyendo que sólo cuando haya alguien a su lado conseguirán lo que buscaban.

Luego está la soledad más profunda, la del que no tiene nada, como un dibujante de cómics que vi en un documental. En la época en que Barcelona avanzaba hacia el cosmopolismo y él rebosaba juventud, había entrado a trabajar en una editorial, ganando muchísimo dinero y creyendo que la vida siempre sería así. Un buen día se quedó sin trabajo, sin ingresos, sin hogar y sin familia, se convirtió en un vagabundo y se enfrentó a la calle durante más de 25 años. Contaba que por las noches dormía entre la maleza de un bosque en Sant Cugat, siempre con un ojo abierto, por si alguien quería acabar con su vida. Se convirtió en un despojo humano, se degradó, se dejó de respetar y cuando peor estaba, frente a una iglesia, un voluntario de una ONG le preguntó si quería dejar la calle. Aquel fue el fin de esa vida, ahora vuelve a dibujar y da conferencias contando su experiencia, pero algo en él se ha roto, porque esos 25 años ya no pueden echarse para atrás. Se palpa esa soledad y ese sufrimiento, que hacen que jamás se pueda volver a recomponer: “la calle te cambia” , y la soledad también, te hace más fuerte, pero te deja una pequeña herida, un temor, una pequeña erosión imperceptible para los demás pero siempre presente.

Y en mis días llenos de la luz que no tenía en Barcelona, que corren ligeros, sin preocupaciones,  a veces, más de lo que quisiera, vuelve esa angustia, ese tintineo que ronda, esa extraña figura, esa soledad pacifica, pues no ataca con armas,  sutilmente se mete en tu cerebro y susurra que puede volver y entonces siento el miedo a perder. Pero sé que aun así, podría vencerla, y entonces me vuelvo nuevamente valiente, y sonrío, sonrío y sonrío, porque he cumplido mi objetivo: ser feliz.


A mi querida Angustias: porque tú también la vencerás.