
(Explicación de ME QUIERO, TE QUIERO)
No he mentido ni un poquito al decir que andaba ajustando piezas: ajustando piezas con Toto, ajustando piezas con mi padre, ajustando piezas con Tico, ajustando piezas en mi nuevo trabajo y ajustando piezas en mi vida en general.
Hace dos años huí de casa con la intención de reencontrarme a mí misma y de recuperar ese pedacito que se había perdido en el camino y que hacía que tantas veces me sintiera triste, que mirara el futuro y sólo viera una interrogante enorme y una señal de stop perpetua. Sin quererlo me encontré en un lugar, más sola que al principio y sin sentirme a gusto. Rebusqué en mi interior y me dije que merecía un esfuerzo de mi parte volver a encontrar lo que yo había sido y dejar mi disfraz de sombra guardado en el armario.
Decidí dar un paso atrás, ya que dos años había sido un tiempo prudente para tratar de cumplir un objetivo incumplido y anuncié que volvería a casa, que me dejaría abrazar otra vez por los míos, dejarme mantenerme, alimentarme, cuidarme, quererme y olvidarme que las cosas allí fuera seguían teñidas de un hollín que te tiznaba también las manos y la cara.
Pero la sabiduría de mi madre (y sé que todos ya empezáis a quererla un poquito), me escucho paciente y no dijo nada, ni una sola palabra, hasta que al día siguiente me llamó: “hija, ya te he encontrado un piso, ves a verlo, seguro que te gusta, es mucho más barato y en un lugar mucho más bonito”. Esa no era mi intención, pero por no discutir accedí a sus caprichos que en realidad eran los míos.
Hace dos años huí de casa con la intención de reencontrarme a mí misma y de recuperar ese pedacito que se había perdido en el camino y que hacía que tantas veces me sintiera triste, que mirara el futuro y sólo viera una interrogante enorme y una señal de stop perpetua. Sin quererlo me encontré en un lugar, más sola que al principio y sin sentirme a gusto. Rebusqué en mi interior y me dije que merecía un esfuerzo de mi parte volver a encontrar lo que yo había sido y dejar mi disfraz de sombra guardado en el armario.
Decidí dar un paso atrás, ya que dos años había sido un tiempo prudente para tratar de cumplir un objetivo incumplido y anuncié que volvería a casa, que me dejaría abrazar otra vez por los míos, dejarme mantenerme, alimentarme, cuidarme, quererme y olvidarme que las cosas allí fuera seguían teñidas de un hollín que te tiznaba también las manos y la cara.
Pero la sabiduría de mi madre (y sé que todos ya empezáis a quererla un poquito), me escucho paciente y no dijo nada, ni una sola palabra, hasta que al día siguiente me llamó: “hija, ya te he encontrado un piso, ves a verlo, seguro que te gusta, es mucho más barato y en un lugar mucho más bonito”. Esa no era mi intención, pero por no discutir accedí a sus caprichos que en realidad eran los míos.
Me despierto acariciada por un tenue rayo de luz y recuerdo donde estoy. Miro las paredes inmaculadas y piso el suelo de mármol frío mientras a tientas mis pies buscan las zapatillas cálidas que se han escondido debajo de la cama. Mi oído se agudiza las campanas de la iglesia repiquetean con alegría al tiempo que los pájaros levantan el vuelo por encima de esos árboles que descansan a los pies de mi balcón. Deshago una de las cajas donde pone platos y vasos, rebusco en el fondo la cafetera, dejo que el comedor se llene con el aroma de los cafetales de Colombia y al sentir el calor en las coanas pienso en mi madre, en que no me ha dejado dar un paso atrás, y que gracias a eso por fin, por fin me siento en casa y por fin, por fin me quiero otra vez un poquito, y por fin, por fin ahora sí que te quiero.



