lunes, 22 de septiembre de 2014

ESCOCIA



¿Se puede estar rota sin estarlo? Sólo yo y mi enfado descomunal somos capaces de entenderlo, pero lo que siento es eso, que soy: un fragmento, una ruptura, una cicatriz alargada, una fractura astillada que no pueden sujetar las fijaciones, un pedazo, una grieta, una pieza que se pierde del puzzle dejando un enorme vacío en que sólo la imaginación es libre para completarlo.

Todo esto lleva tiempo en marcha y yo me siento cada vez más de ninguna parte ¡ lo he comentado tantas veces! ser una apátrida te lleva a sentir una desazón que te mantiene inquieta, deseando huir, buscando un hogar que no existe, con el dolor de que no se pertenece a ninguna parte y en la búsqueda inalcanzable de saber quién soy, la identidad se desintegra.

Empecemos por el principio: existen catalanes de primera y de segunda. Levantaré ampollas y muchos dirán que no es así, que todo está en mi susceptibilidad y en mi sensibilidad, pero si no fuera así mis sentimientos serían erróneos y tendría que aceptar que carecen de racionalidad, pero los sentimientos alertan, dan signos de si algo disgusta o no disgusta y yo me he sentido disgustada tantas veces… aun siendo tan catalana como los demás no me siento igual, y parte de la pena es  porque mis apellidos no son: Serra, Alaudell, Ribes o incluso Pujol antes de la mala fama.

Aún resuenan en mis oídos las voces de mis compañeros de teatro riéndose de mí por mi incapacidad de pronunciar el “jo” en lugar del “yo”, eso me llevó secretamente a evitar usar en exceso mi propia lengua. Recuerdo a mi compañera de trabajo diciéndole a un primo que resultó que jugaba con mi hermano Pepo , íntimamente, a rugby que yo era una “facha” por no declararme nacionalista, lo cual me da una idea de lo mucho que llegamos a confundir los términos. Recuerdo a una compañera enfermera chillarme sin parar y a continuación excusarse por su estado de ánimos alterado porque al día siguiente tenía que salir a formar parte de la famosa “V” de victoria. Y me recuerdo a mí misma delante de la televisión viendo esa extraña publicidad del canal autonómico declarando que teníamos que votar por nuestra libertad, en ningún momento durante mis 35 años había detectado que carecía de ella. Reconózcanlo señores, los debates no es que sean exactamente equilibrados respecto a las opiniones.

Entiendo el sentimiento que te puede llevar a sentir que formas parte de algo o no lo formas, en mi caso adoro Cataluña, pero me siento de España y ahora parece que ser “español” es un insulto después de ver cómo le gritaron a Albert Ribera, por cierto compañero de instituto de mi mejor amiga, lo tan y tan español que era y lo desagradable que resultaba. Debo ser una cosa asquerosa al parecer.

Pero tal vez lo que más rabia me da de todo esto, es que fuera del sentimiento, porque cada uno es de dónde le da la gana, y a mí nadie me quita esa emoción que me eriza la piel al escuchar El Cant dels Segadors o al ver a Pau Casals ante la ONU, o al tener una ciudad como Barcelona y el abrazo de los Pirineos entre miles de delicias. Es que en realidad a los políticos no les interesaba la independencia, les interesa ahora como una forma de levantar una pequeña cortina de humo, de desviar la atención, 1.800.000 personas ,cifra arriba cifra abajo, es capaz de salir a la calle para pedir el derecho a votar y, entre ellos, muchos la autodeterminación, pero ese millón, casi dos, no es capaz de armar una revolución por la ola de recortes, por la precariedad, por lo mal que están las cosas,  seguimos expectantes mientras otros se llenan los bolsillos, hay cada vez ricos más ricos y pobres más pobres, y mientras tanto promesas de que estaremos mejor en el futuro si conseguimos ser única y exclusivamente catalanes, pues saben que les digo, que de todos los funcionarios del Estado los únicos que tampoco hemos cobrado la paga este año hemos sido los catalanes, y que por mucho que digan, por si alguien no se ha enterado,  tenemos cedida la autonomía en: educación, sanidad y seguridad, lo cual parece insuficiente e invita a que tal vez deberíamos buscar culpables un poco más cerca.  Aunque claro, tampoco defenderé a este Gobierno que hace oídos sordos y ojos ciegos a este conflicto, que siempre dice que “no” y “no” a Cataluña, que si bien nosotros tenemos canal autonómico, ellos tienen varias televisiones públicas y periódicos, donde el tira y afloja sigue día a día, haciendo malos y buenos a cada uno de los bandos en función de quien firma, que mi prima de Madrid se puso las manos a la cabeza y nos preguntó qué tal andaban las cosas, preocupada por si los tanques se habían impuesto y el derecho a expresar lo que cada uno pensaba había dejado de existir. Y mientras tanto nos enteramos de miles de millones en Suiza, de un llamado ex excelentísimo Pujol y no pasa nada, porque saben nunca pasa nada, nada, nunca.

Y mientras yo sigo indignada, peleada con mi vida, con mi padre que con acento andaluz dice que él es catalán y punto, que se debe a la tierra que le da de comer, lo otro es pasado y que si España no nos quiere que se olvide de nosotros, que es la única manera que tiene de asegurarse la pensión, volvemos a lo de la cortina de humo, y mi madre que nunca tuvo acento andaluz se pelea con todas su fuerzas y dice que hay que luchar por la unidad de España, y mi hermano no dice ni sí ni no pero sé que será sí  porqué lleva a San Jordi tatuado en toda la espalda y la Senyera en el brazo, y yo digo: vale votemos, que pase todo esto pronto y podamos ponernos con cosas más importantes que son las que tocan, y dividida por los sentimientos y enfadada por los desplantes ocasionales del Centro, y por sentirme una maldita catalana de segunda, que ha nacido aquí, pero que se siente acomplejada y a la que le da igual hacer historia en una cadena humana o en una “V” gigante,  sólo puedo sentir: rabia, rabia y más rabia.

Pausa, escribo esto y miro por la ventana, en el balcón de enfrente una Estelada rodeada de plantas de marihuana, es la única de 13 balcones ¿de verdad está tan desequilibrado el sí y el no? En casa 2  contra 2, en el trabajo 3 no y una sí…será ¿qué de verdad, hay una minoría o mayoría silenciosa cómo dice por ahí? Me trasladó a Escocía, sea como sea han ganado, no son independientes pero han conseguido ventajas y al final todo se remonta a aquel fatídico día en que alguien dijo no al Estatut y el gobierno decidió alimentar el sentimiento nacionalista, no nos engañemos, nada ha sido espontáneo.

En fin, esto continuará, veamos a donde nos lleva, de momento a mí a no saber realmente quién soy ni a que pertenezco,  un simple y pequeño daño colateral en una crisis económica.



martes, 9 de septiembre de 2014

CON NATURALIDAD


A veces me siento vieja por mucho que digan que viejo sólo se es si lo piensa el alma, o al menos vieja para ciertas cosas. Sentada en una consulta el médico que tenía delante me lo dejo claro: era tarde y había que darse prisa, aunque prisa nunca había tenido ninguna, siempre lo había contemplado como un hecho natural que llegaría en el momento que así lo marcara la vida, sin demasiados planteamientos, ni demasiadas precipitaciones, aunque aún así, aquella forma en que me lo dijo me hizo pensar en mi cuerpo, en algo que se va deteriorando a lo largo de los años y en como los órganos a su capricho al final no querrían responder. Los deseos a veces no pueden ser a toda costa y aunque hubiera querido mucho antes, no hubiera sido el momento.

Se suponía que ser madre era algo que todo el mundo deseaba, pero mentiría si dijera que yo era de las que compartían ese deseo hace diez años o hace tan sólo cuatro. Estaba ligada a mi independencia y reivindicaba mi falta de responsabilidad, seguían sin convencerme todas esas compensaciones que la cultura familiar decía que luchaban contra el sufrimiento que provocan los hijos. Contemplaba a mis amigas y me suponía con demasiada suerte cuando las veía agotadas y habiendo renunciado a muchas satisfacciones de tipo individual (y esto me lo confesaba ellas cuando dejaban atrás el sentimiento de culpabilidad).

Y ahora avanzada la vida y tras conocer a Mito que se desvivía por sus sobrinos, notaba que tal vez había llegado la hora pero que según el médico era un poco tarde. Pensaba sin parar que algo en mí debía estar mal, demasiado mayor, ni un óvulo quedará vivo, mi madre tuvo pronto la menopausia, seguro que sería hereditario. Y ese dilema conmigo misma me llevó a plantearme posibilidades, anticipándome a algo en lo que ni yo ni Mito aún nos hemos puesto de acuerdo, como si hubiera renunciado antes de tiempo, tache la adopción de mi lista y luego imagine los óvulos de otra mujer en mi útero y la genética de Mito y ningún rasgo mío, y sentí una pena enorme por  mí, preguntándome cómo iba a querer algo que no me pertenecía,  pero si otros podían, debía ser que el lazo del cordón umbilical hace que no importe la herencia.


Y así salí de la consulta de ese ginecólogo que sin saber de mi vida, me soltó a la cara que empezaba a estar inservible y que en un año se acabarían las posibilidades: “¿tienes hijos?” “no” “¡Pues a que esperas! ¿A que ya nada te funcione?”. Y yo que me paseo a menudo por la planta de maternidad, me digo que ese ginecólogo tendrá su parte de razón pero que no ha visto la media de edad de las parturientas. Y a Mito no le he dicho nada, pero en secreto maldigo el reloj biológico, y cuando miro a los niños en los parques pienso que tal vez ya no pueda, y las lagrimitas de la maldita sensibilidad me ruedan, y observo de puntillas las incubadoras de esos bebes luchando sin parar por hacerse un hueco en el mundo y me río con el maldito anuncio de Ikea en que una madre se niega a dormir no vaya a ser que su hijo deje de respirar, y en esta última risa, me doy cuenta de una verdad: nunca quise tener hijos porque siempre tuve miedo a hacerlo mal, y en ese miedo oculto que tan bien he disimulado todos estos años, sigue habitando el pánico, y ese pánico frena mi deseo, y justifica que tal vez no sea posible, y esa justificación tal vez sea la excusa que esperaba y luego oigo otra vez, a los niños y veo sus manitas y escucho sus ocurrencias, y me regaño por esas justificaciones, y en esa dicotomía pasa el tiempo y al final, lo único que puedo decir es que mi ginecólogo es un estúpido y que quién sabe las sorpresas de la  vida, y volvemos al principio, las cosas llegan siempre de forma natural no cuando son impuestas y lo que tenga que ser será. 

martes, 2 de septiembre de 2014

LA REVOLUCIÓN DE FACEBOOK Y LA CENA DE LA VERGÜENZA


Será que existe toda una generación perdida, que los valores no se transmitieron igual que a la anterior, será que me vuelvo vieja y empiezo a mirar todo con escepticismo, será que las mujeres nos volvemos más delicadas y sensibles con los años, aunque nadie pueda negar nuestra fuerza interior, será que las redes sociales están revolucionando los sentimientos o facilitando que desaparezcan esas barreras del cara a cara a decir lo que pensábamos.  

Cuando Facebook entró en la vida de mi madre y mis tías,  estaba convencida de que no entenderían nada ¡ilusa yo! Han aprendido a la velocidad del rayo como comunicarse y como mantener a toda la familia bien unida, aunque es verdad que en ocasiones tienen interpretaciones de la información que les llega un poco distorsionada y efectúan solicitudes de ayuda desesperada para acciones cuyo designación era totalmente desconocida hasta que empezó la revolución de la era de la información.

Mi madre fue capaz de decirme por escrito el día de mi cumpleaños (escasamente hace unas semanas) lo que nunca me había dicho y consiguió emocionarme. Cuando me quejé de lo mal que están las cosas en el trabajo, mi tía en un impulso de indignación me dejo bien escrito que no me rindiera jamás, que no dejará nunca que nadie se aprovechara de mí y lo más importante: que me quieren con locura.

Vistos los ejemplos me declaro en contra de todos aquellos que dijeron que las redes sociales harían que la gente se comunicara menos, que estuviera en su mundo virtual en lugar del real ¡ah, no! Lejos de todo eso creo que las redes sociales nos han ayudado a abrirnos, a acercarnos y a conocer más a las personas (siempre aplicando el sentido crítico a aquellos que pretenden vender una realidad no real que en todo caso suelen ser aquellos que no conocemos en profundidad aunque en esa red figuren con el nombre de amigos) y que las cosas que tan difíciles han sido decirnos, ahora fluyen sin más, y no importa que cuando estamos en el mismo espacio físico no seamos capaces de abrir la boca porque en el fondo sé donde están los sentimientos. Así que perdonarme, pero gracias: Facebook, Twitter y whatsapp.

Al hilo de la introducción y esa generación perdida, y esos sentimientos que ahora explotan en forma de bytes, hay algo que me quema en mi interior, sobre mi educación y la de mis primos y primas. Es esa manía de los que nos criaron de concedérnoslo todo, hasta el último deseo, y de no rechistar cuando nos volvemos egoístas. Digo generación perdida porque mi tía puso una lavadora, en ella se destiñeron dos camisas amarillas de mi prima, mi tía compungida contó el suceso a su hija, su hija se enfadó enormemente porque eran sus favoritas, mi tía se puso a llorar: “cuanto más das y más te esfuerzas menos recibes”, yo : “la confianza da asco” (todo esto fue en una cena en casa de mi madre, no me levanté a poner ni un solo plato). En la familia de mi madre con 8 hijos, la lavadora también la ponían ellas, y planchaban, y trabajaban y daban el dinero en casa y seguían siendo ellas las que desteñían las camisas, la diferencia: jamás se les hubiera ocurrido rechistarle a su madre.


Así que analizo las dos cosas, la revolución de Facebook y esa necesidad de decirnos lo mucho que nos quieren y necesitan, y lo poco que les reconocemos su esfuerzo, lo egoístas que nos hemos vuelto, mal criados y yo mujer hecha y derecha sin una pizca de decencia, me propongo no volver a dejar que sea mi madre la que siga cuidando de mí.

miércoles, 27 de agosto de 2014

SALTARON LAS ALARMAS


Saltaron las alarmas y dejamos de ser intocables. Llevo dos horas intentando preparar una sesión sobre Ébola, sobre el virus al que queríamos desconocer, o al que más bien ignorábamos. Sé que las posibilidades son prácticamente cero pero todas mis cuestiones éticas se han puesto bajo sospecha.
¿Por qué ahora tanto esfuerzo por encontrar una cura efectiva? No es un virus nuevo, ni siquiera es la primera vez ¿Fue ético traer a ese misionero a España? La gente se quejaba: del gasto, de lo que supuso el avión, de lo que supuso tener toda la planta del Carlos III cerrada, del medicamento que nos trajeron de Estados Unidos,  de las posibilidades de poner en riesgo a la población. Las redes sociales estallaban y Mito me decía: ¡menudo patriota! Y yo le miraba indignada, pensando en la deshumanización, y crecía un muro entre nosotros más grande, más alto que el ya caído muro de Berlín. Y luego las conjeturas, los esfuerzos de gente que también merece una vida digna intentando saltar la valla, y los gritos de: “no les podemos dejar entrar a todos, aquí no hay espacio, no hay recursos” y lo peor: “¿y si nos traen el virus?”, y luego la voz sensata que replicaba: “tranquilos, tardan dos años en llegar a la frontera de España, de aquí a eso el brote se habrá acabado o en todo caso el que lo intente habrá muerto”, y entonces vino más pena, y más rabia, y más impotencia, y más hablar siempre de lo mismo sin hacer nada, y un desencanto y un saber que no se hace porque no se quiere y punto, porque por mucho que digan hemos aprendido a gestionarnos en parcelas, todo está bien mientras no nos toquen, y si eso que sean otros los que se mueran, y al final todo se reduce a que existen vidas mejores y peores, o mejor dicho: humanos de primera y de segunda, y debajo de los de segunda los de la tercera, que ya casi ni se consideran humanos. Y analizando la historia me doy cuenta que pocas cosas han cambiado desde que el mundo es mundo y que a veces no tengo respuestas para mis preguntas.