
Convencer a un hombre de mundo de que algo vale la pena no es nada sencillo, hagas lo que hagas nada será equiparable a la vez que hizo: ala delta, alpinismo, submarinismo en el Caribe, la ruta de los vino por Perú y Chile o su viaje en solitario por Austria y Hungria.
Así que cuando arrastré a Toto hasta Vilafranca del Penedès no confié en exceso en que disfrutaría, pero claro se me olvidó que contaba con dos ases importantes: el vino (los dos somos borrachos sibaritas) y el jazz (esa música que fingimos que nos gusta más de lo que nos llena en realidad).
Una amiga me había dicho que en ese pueblecito habían tenido la brillante idea de hacer un festival dedicado a la cata de vino, donde uno podía disfrutar abiertamente de su consumo y hacerse con una copa de cristal por unos módicos 7 euros, al tiempo que se podía escuchar importantes conciertos de grupos famosos de jazz de forma gratuita y te permitían hacer alguna que otra excursión por el pueblo: visita de la iglesia, del campanario, de la casa de la fiesta mayor o de las cavas.
Mi copa(como siempre el gen torpe) sólo sobrevivió a las segunda consumición, a la tercera se rompió en mil pedazos mientras todo el mundo me miraba pensando que era una borracha empedernida.
Toto se puso a reír, aclaró la suya, y manifestó abiertamente que a partir de ese momento sólo él podría seguir disfrutando del magnífico bouquet de los vinos viejos y acto seguido me lanzó las gotas de agua que quedaban en el fondo de la copa.
Y yo que estoy siempre dispuesta a la venganza, abrí bien la fuente que servía para aclarar copas y lancé un chorro enorme bien lejos con la intención de mojar a Toto que ya se alejaba tranquilamente entre el gentío. Acto seguido el mundo se paró, un viejito con el ceño frunció empezó a despotricar, a refunfuñar y a agitar su bastón y cuando le miré la cara me quise morir, toda el agua que pretendía llegar a Toto adornaba la cara arrugada del anciano que entre quejas dejaba escuchar un claro: "¡maldita borracha!"
Me hice pequeñita, ridícula y desaparecí pidiendo disculpas. En la lejanía "mi caballero andante" que había decidido no tener nada que ver con la riña, se alejaba triunfante. Ya me encargaría yo solita de lidiar con mis problemas.
Para terminar una copa a medias ¡nada que quite más rápido la vergüenza! y un insinuante concierto de jazz, en una plaza abarrotada, limitada por murallas de piedra, con gárgolas colgando de las paredes de la iglesia sin alterar su rostro al ser seducidas por la música del contrabajo, un solo de saxofón, un envidioso piano y nada de letras, sólo un mundo mejor, que se deja ver en momentos escasos, pero que me hacen sentir cuando estoy ahí, que soy feliz.
No siempre es así, ya se sabe que la felicidad no perdura, viene se va, da vueltas, nos esquiva, pero existen momentos como estos, cuando el cielo se vuelve rosado y la luz va bajando tranquilamente (el cielo sabe de grandes momentos), en el que alguien te coge la mano y te hace mirar el mundo con ojos grandes y será por la música, será por el lugar, será por el calor de verano o tal vez sea la compañía pero me río y abrazo la felicidad, y luego pienso: "bueno el lunes ya será otro día, ahora sólo tengo que pensar en disfrutar".
Me encanta ser feliz aunque uno lo sea de forma intermitente.




